Chapter 1:
Un maniquí con alma de pato y una diseñadora que no sabe rendirse
"Hay dos tipos de personas en este mundo: las que tienen talento en la moda y las que terminan robando maniquíes de una tienda abandonada a las tres de la mañana para no reprobar un examen..."
— 2:00 PM, Natsuki —dijo Ren, el presidente del club de diseño y moda. Su voz resonó entre los rollos de tela apilados y los bocetos pegados en la pared. Ni siquiera me dirigió la mirada, sus dedos tamborileaban con impaciencia sobre una mesa de corte llena de alfileres —. A las dos de la tarde los jueces estarán en la primera fila del anfiteatro esperando... ¡Un vestido al que ni siquiera tienes un maldito soporte! — finalmente clavó su mirada en mí.
— ¡Ya sé! ¡Ya sé! — le respondí, agitando mis manos con desesperación y casi derribando un carrete de hilo dorado —. Sólo... El maniquí que había pedido tuvo un pequeño incidente.
— ¿Incidente? — Ren arqueó una ceja, cruzándose de brazos. El movimiento hizo que la cinta métrica que colgaba de su cuello se balanceara —. ¡¿Te refieres a hacerlo rodar por las escaleras para probar lo resistente de tu vestido?!
Tragué saliva. Era obvio que se iba a enterar; no sabía por qué intentaba disimular.
— Te quedan menos de 21 horas, Natsuki. ¡21 horas! —dijo, señalando el reloj de pared con un gesto brusco—. Para mañana a las dos de la tarde, ese vestido tiene que estar perfecto sobre un maniquí, no hecho un ovillo en el suelo. Si fallas... Estás fuera del club. Así que más te vale que tu "incidente" tenga una solución. Y una rápida.
Hice una temerosa reverencia tan rápida que casi perdí el equilibrio y salí de allí. Quería llorar... Pero eso no me conseguiría un maniquí.
[3:12 AM]
Siete horas. Había desperdiciado siete horas mendigando un trozo de plástico.
Recorrí los depósitos de la Academia, pero estaban cerrados con llave y custodiados por un guardia de seguridad. Intenté convencerlo, pero no funcionó. Intenté colarme por la fuerza, pero me descubrió y me arrojó al pasillo. Por si fuera poco, me amenazó con un informe disciplinario si lo volviera a intentar.
Sólo me quedaba una alternativa: los contenedores de reciclaje detrás de las tiendas en el centro.
Nada. Solo cartón mojado y mi futuro en el mundo de la moda a punto de colapsar.
Ya eran pasadas las tres de la mañana, y vagaba por el distrito antiguo donde las viejas farolas parpadeaban con zumbidos eléctricos que solo me ponían los pelos de punta. El olor a moho era asfixiante.
— Nada por aquí tampoco. A este paso tendré que usar un perchero y rogar que los jueces tengan astigmatismo —murmuré, abrazándome a mí misma por el frío de la noche.
Me detuve frente a un escaparate que parecía no haber sido limpiado desde la última era del hielo. El vidrio estaba cubierto de hollín y polvo tan grueso que apenas se veía el interior.
Pero un llamativo brillo amarillo deslumbraba desde el interior y rompía por completo con la añeja y destrozada oscuridad.
Limpié un poco el cristal con la manga de mi chaqueta, y allí la vi.
Un maniquí, pero no era un maniquí común. Sus proporciones eran tan exactas que mi figura se fusionaba con ella en el reflejo del cristal. Tenía una tez pálida y mate, una melena de tono castaño apagado oculta por una capa de lluvia de plástico.
Y sus ojos... Verdes, grandes y pesados, parecían mirar fijamente a un punto inexistente en el suelo del local.
— Ella...—mi voz sonó como un ruego en el silencio de la calle—. Ella es perfecta.
Intenté empujar la puerta, cerrada. Intenté levantar la persiana, me llené la cara con óxido y polvo. Hasta intenté usar mi tarjeta de estudiante para sacar el seguro de la puerta como en las películas, pero sólo logré doblarla por completo.
— Fantástico, ahora soy una decepción como diseñadora y como criminal —mascullé.
Me volteé para buscar una piedra, pero me enganché el pie en una baldosa suelta justo debajo del marco de la puerta. Me tropecé y caí de espaldas contra la añeja madera de la entrada, que resultó estar abierta. Sólo estaba atascada por un montón de chucherías de artesano.
Entré rodando al local como un fardo de tela mal atado y rodeada de una estela de polvo.
— ¡*Cof* *cof*! Sin duda este lugar se vendrá abajo en cualquier momento —murmuré.
El local olía a serrín y a químicos, como barniz fresco mezclado con ozono. Saqué mi teléfono y encendí la linterna. No era una tienda de moda, era un taller. Había gubias, lijadoras y restos de virutas de madera desperdigados por todos lados. En la pared, un desgastado cartel rezaba: "Artesanías Arata: Taller de Maniquíes y Revestimientos".
Sin perder más tiempo, me acerqué a la figura amarilla. De cerca, ella era aún más impresionante. En su cuello había una pequeña etiqueta de latón grabada que decía simplemente: Kii.
Pasé mis dedos por su mejilla. No era de plástico como el resto de los modelos comerciales. Traía un recubrimiento sintético que imitaba una piel pálida y perfecta, pero se sentía la firmeza debajo.
— Madera... Su base es de madera —mascullé.
Esta técnica de recubrimiento no la había visto ni en mis clases ni en otros productos.
— Lo siento, Sr. Arata, pero tomaré prestado su maniquí para salvar mi futuro —dije, sintiendo un subidón de adrenalina.
Buscando alrededor encontré un carrito de carga oxidado en un rincón, detrás de piezas de madera sin terminar. Lo acerqué con estrépito. Cuando volví y sujeté a Kii por la cintura para subirla al carro, sentí un *clic* seco en sus articulaciones.
Entonces... La vi.
Su cabeza se movió; lenta y fluidamente rotó a la izquierda. Sus grandes ojos verdes quedaron fijos en los míos.
— ¡¡¡HIIIIIIIIII!!! —No alcancé a taparme la boca y se me escapó un fuerte grito.
Salté hacia atrás y choqué contra una estantería. Mi corazón martilleaba tan fuerte que sentía que me partiría las costillas. Me quedé allí atrapada, esperando que ella saltara sobre mí y me rompiera la cabeza por haber entrado sin permiso.
Pasó un segundo. Dos. Tres... Cinco... Diez.
La maniquí no hizo nada más. Sólo se quedó mirándome.
— Es el peso... —susurré, tratando de explicarme a mí misma lo ocurrido—. Es madera, la moví un poco y la gravedad hizo lo suyo. Eso es. Vamos, Natsuki, ¿sabes tanto de maniquíes y no recordabas eso?
Me acerqué de nuevo, temblando. Devolví su cabeza a su posición con un suave empujoncito.
— Solo eres un trozo de madera —sentencié, agarrando el carrito con determinación.
Casi me rompí la espalda y las rodillas, pero logré poner al maniquí en el carro. Salí corriendo de la tienda antes de arrepentirme de lo que estaba haciendo.
[1:30 PM]
El backstage era un torbellino. Telas volaban por el aire. Maquillaje y peines se mezclaban sobre las mesas. Alfileres caían al suelo como lluvia metálica. Diseñadores corrían con sus creaciones. Maniquíes, estáticos y vivientes, esperaban su turno con poses perfectas o ajustes de último minuto. Los nervios vibraban en el aire. Todo era prisa y susurros urgentes.
Yo sólo intentaba que el tul no se enganchara en las articulaciones de madera de Kii. Pero una risa aguda y perfectamente ensayada me hizo dar un brinco nervioso.
— Vaya, vaya, Natsu-chan. Veo que estás apostando por... ¿lo rústico? —Reika, la favorita de los jueces, se detuvo frente a mí, con su cabello dorado perfectamente ondulado y su máscara de maquillaje—. Muy osada para estar en la cuerda floja.
— Es una técnica artesanal, Reika-senpai. Alguien tan sofisticada como tú no lo entendería —mascullé mientras ajustaba mi diseño.
Entonces llegó a su lado su maniquí —un modelo Serie-M de última generación, pura vanguardia tecnológica—, que permanecía en una elegante postura, con su mano en la cadera luciendo el hermoso vestido carmesí de Reika. Pero era tan diferente a Kii; era de plástico inerte, sus articulaciones estaban ocultas bajo una piel de poliestireno, y no tenía... Rostro. En su lugar, una superficie lisa y digital proyectaba patrones de luz parpadeante.
Reika dio una orden vocal y su maniquí, con un zumbido mecánico casi imperceptible, cambió de postura al instante para facilitar que ella ajustara su vestido.
— ¿Ves? Los modelos de Artesanía Moderna ya son infinitamente superiores a los arcaicos modelos de madera —presumió Reika—. Victory posee hasta dieciséis niveles de articulación asistida por servomotores y un nivel de procesamiento optimizado para el modelaje. Ni siquiera necesito retocar su programación.
Reika miró a Kii con desprecio, fijándose en el extraño velo de tul con el que envolví su cabeza en un intento desesperado por ocultar esa maldita capucha de pato.
— Y esa cosa tuya... No es más que un tronco viejo con ropa cara. ¿De dónde lo sacaste? ¿De aquel museo que cerró hace años? —dijo Reika, rodeando y analizando a Kii—. Si es de madera, ya sabes que no puede moverse, pero los jueces también odian los soportes rígidos. Ja, te deseo mucha suerte.
Con ese recordatorio, Reika se alejó con un gesto de suficiencia, su maniquí siguiéndola con pasos fluidos, precisos y carentes de alma.
Me giré hacia Kii. Ella no tenía un procesador de obediencia ni circuitos de luz. Reika tenía razón: Los maniquíes vivientes, animados por magia, fueron prohibidos hace décadas. Si no se movía, los jueces la odiarían; si lo hacía, y resultaba que justo me robé un maniquí magico, estaría en grandes problemas.
— "Lágrimas de Invierno" —era el nombre que le había puesto a mi diseño: un vestido de corte sirena en satén blanco perla, con un escote que se fundía en un intrincado bordado de hilos de plata. En la falda, cientos de cristales diminutos colgaban de hilos invisibles que, al menor movimiento, debían sonar como campanillas de hielo. Era mi obra maestra, pero debajo de la seda, ¡la maldita capa de lluvia amarilla de Kii creaba bultos horribles!
— ¿Qué demonios es esto, Sato? —la voz de Ren me golpeó la espalda.
No me miraba a mí; sus ojos estaban clavados en el extraño volumen del velo de tul.
— Uhm... Minimalismo estructural, Ren. Una pieza de vanguardia.
— No me des el discurso de relaciones públicas —Ren dio un paso al frente, reduciendo la distancia —. Este maniquí pesa el triple de lo normal y huele a barniz y revestimiento añejo. Si trajiste un maniquí viviente de madera a este anfiteatro, no solo te expulsarán a ti... Investigarán a todo el club y quizás nos cierren.
— Tranquilo, es solo... un soporte pesado para que no se caiga —mentí, sintiendo el sudor frío bajar por mi nuca—, yo lo llevaré todo el tiempo en la pasarela.
— Si se mueve... —decía Ren hasta ser interrumpido por el anunciador del evento.
—*Siguiente: Natsuki Sato. "Lágrimas de Invierno".*
Empujé el carrito hacia el centro de la pasarela.
El cambio de ambiente fue violento. Pasamos del murmullo del backstage a un muro de sonido y luz. Los bajos de la música electrónica se sentían como golpes en el estómago. Los focos de 5000 vatios generaban un calor asfixiante que hacía que el olor a barniz se sintiera más intenso.
*Flash. Flash. Flash.*
Las cámaras de los jueces, el público y la prensa disparaban ráfagas de luz blanca. Con cada destello sentía una vibración extraña en Kii. No era un motor; era un temblor errático, como si la madera se sometiera a una presión insoportable.
Parecía una eternidad, pero llegamos por fin al punto frontal. Me detuve y posé con la mejor sonrisa que pude ensayar.
— Diseño interesante, Sato —dijo el juez central, ajustándose las gafas—. La caída del satén es impecable. Pero ese volumen en la cabeza es... demasiado disruptivo. Rompe la línea visual del cuello.
— Es parte del concepto de "opresión" —respondí, con la garganta seca por los nervios.
— Quita el velo, por favor —ordenó el juez—. Queremos ver la estructura del soporte y cómo has resuelto el anclaje de los hombros sin el tul.
El pánico me paralizó. Ren, que observaba desde un lateral, me hizo una seña con la cabeza. No había otra opción, no tenía alternativa.
Me acerqué a Kii. Mis manos temblaban como nunca antes; casi no podía sujetar el broche de plata que unía el tul al satén. En cuanto pude desengancharlo, el velo se deslizó hacia el suelo con suavidad.
Se hizo el silencio...
Tanto los jueces como el público contemplaron la figura. La capucha de pato amarilla quedó expuesta, brillando de forma ridícula bajo las luces profesionales. Un murmullo de desconcierto recorrió las filas. Los jueces intercambiaron miradas incrédulas.
— ¿Un impermeable... de pato? —el juez principal arqueó una ceja; su tono pasó del interés al desprecio—. Sato, espero que esto no sea más que una broma de mal gusto.
— Es... una capa protectora, nada más —mentí, sintiendo cómo el aire se escapaba de mis pulmones—. El diseño representa...
— Suficiente —me interrumpió el juez—. No podemos evaluar el ajuste del satén sobre esa masa amarilla. Quita la capucha y deshazte del impermeable. Queremos ver la estructura real y la caída de las costuras. ¡Ahora, Sato!
Miré a Ren. Estaba pálido, desesperado; no parecía saber qué hacer.
Puse mis manos sobre la capucha. Apenas la toqué, sentí una vibración en la punta de los dedos. No eran los bajos de la música; era un zumbido que nacía del pecho de Kii. Un calor emanaba de su cuello de madera.
— Por favor, calma, solo un segundo más —susurré, casi solo para ella.
Sentí sus ojos en mí justo antes de tirar la capucha hacia atrás. Entonces ocurrió...
Un crujido seco, como el de un mástil de barco a punto de partirse, resonó por todo el anfiteatro. El "clic" de sus articulaciones se convirtió en un martilleo frenético. Solté de inmediato la capucha y me aparté lentamente mientras me preguntaba: "¡¿Qué fue lo que hice?!".
— Sato, ¿qué es ese ruido? —preguntó la jueza a la izquierda del juez principal. Los tres se pusieron de pie mientras observaban lo que estaba a punto de suceder.
— T-Tranquilos, solo es...
No pude terminar mi respuesta. Kii soltó un espasmo violento. Sus manos se dispararon hacia arriba, agarrando su capucha y escondiendo su cabeza dentro. Desgarró la seda del vestido que confeccioné desde el escote hasta la cintura. Los cristales de vidrio saltaron por los aires, rebotando en el suelo como granizo de metal.
— ¡¡GAAAAAAAAAAH!! —Un sonido distorsionado, una mezcla de voz humana y madera crujiendo, salió de debajo de la capucha.
Se agitó violentamente, golpeando el carrito de carga y casi tumbándolo. Sus ojos verdes, ahora dilatados y brillantes, buscaban una salida entre los cegadores flashes de los atónitos espectadores. Antes de que los jueces reaccionaran o Ren llamara a seguridad, agarré a Kii por la cintura y, con una fuerza que no sabía que tenía, la empujé fuera del escenario.
Corrí. Corrí ignorando los gritos y preguntas de quienes exigían una explicación. Arrastré como pude ese pesado cuerpo de madera por los pasillos hasta que llegué a la sala del Club.
Entré y cerré la puerta con cerrojo. El silencio de la sala vacía era ensordecedor comparado con el caos de la pasarela. Kii cayó al suelo, hecha un ovillo entre jirones de satén blanco y su maldito impermeable amarillo.
— ¡Lo arruinaste! —grité, estallando en un llanto amargo y desesperado—. ¡Tres meses! ¡Tres putos meses de trabajo y me lo has quitado todo! ¿Por qué no pudiste ser solo un maldito pedazo de madera inmóvil?
Me desplomé contra la puerta, ocultando mi rostro con las manos. Mi futuro estaba arruinado. Mi carrera como diseñadora estaba arruinada. Se acabó...
Fue entonces cuando la escuché.
— Ruido... —dijo ella con voz baja, plana y... ¿melódica?—. Mucho ruido. Muchas luces...
Bajé mis manos; el corazón se me detuvo un segundo. Kii estaba sentada en el suelo del club; ella misma se había bajado la capucha, mostrándome su cabello castaño claro y revelando dos trenzas. Me miraba, no como un trozo de madera, sino con... una herida curiosidad.
— ¿Tú... hablas? —pregunté, poniéndome de pie algo nerviosa.
— ¿Tú... lloras? —respondió ella.
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