Chapter 1:

Contacto Cero

Akeron


La ciudad era un hervidero de pánico. No era el miedo silencioso de una amenaza lejana, sino el terror ruidoso y cacofónico de una sociedad al borde del colapso.—¡ÚLTIMO MOMENTO! ¡Se reportan anomalías electromagnéticas en el Sector 4!—¡El gobierno niega la existencia de armas biológicas, pero las imágenes satelitales no mienten!—¿Es este el inicio de la Tercera Guerra Continental? ¡Exigimos respuestas!Las pantallas gigantes adheridas a los rascacielos de cristal bombardeaban a la multitud con titulares en rojo sangre. El sonido era ensordecedor: bocinas de autos atascados en un tráfico imposible, gritos de vendedores de periódicos que agitaban las ediciones vespertinas como banderas de guerra, y el murmullo constante de millones de personas especulando sobre el fin del mundo.En los televisores de las vidrieras, las imágenes mostraban una selva densa, una mancha verde en el mapa que ahora era el centro de atención de toda la humanidad. Se hablaba de lecturas de energía imposibles, de escuadrones desaparecidos, de terrorismo a gran escala. La histeria colectiva se palpaba en el aire, densa como la humedad antes de una tormenta eléctrica.Lejos del caos de la avenida principal, en una oficina donde el humo del cigarrillo peleaba contra el aire acondicionado, un teléfono sonó.Aarón levantó el auricular con la pesadez de quien lleva el peso del mundo en las ojeras.—Diga.—Detective Aarón. Lo necesitan en la central. Código Rojo —dijo una voz metálica al otro lado—. El Jefe quiere verlo. Ahora.Aarón colgó. Se ajustó la corbata, que sentía como una soga, y tomó su gabardina.—Código Rojo... —murmuró para sí mismo, mirando por la ventana hacia la ciudad que parecía estar quemándose en su propia ansiedad—. Al parecer, la paz ha durado demasiado.La oficina del Jefe de Policía era un búnker de caoba y cristal blindado. El Jefe, un hombre robusto con el rostro curtido por años de burocracia y malas noticias, miraba un mapa digital proyectado sobre su escritorio.—Aarón —dijo sin levantar la vista—. Llegas a tiempo.—El tráfico es una pesadilla, Jefe. La gente cree que el cielo se va a caer.—Tal vez tengan razón esta vez —El Jefe suspiró y señaló un punto rojo parpadeante en el mapa, ubicado en una zona selvática remota—. Tenemos una situación. Inteligencia ha detectado lecturas de radiación que no deberían existir. No es uranio, no es plutonio. Es algo... nuevo. Y está en la Selva de Akeron.Aarón se acercó, estudiando el mapa.—¿Akeron? Eso es tierra de nadie. ¿Por qué le importa al gobierno?—Porque temen que sea una prueba de armas de la Federación del Este. Si ellos tienen algo capaz de generar esta energía, la guerra es inminente. Necesito ojos en el terreno. Ojos expertos.—¿Y por qué yo? —preguntó Aarón, cruzándose de brazos—. Soy detective, no soldado. Usted tiene al ejército.—Porque el ejército dispara primero y pregunta después. Y si esto es un malentendido diplomático, no quiero ser el responsable de iniciar el apocalipsis. Necesito a alguien que sepa mirar, rastrear y deducir. —El Jefe lo miró fijamente a los ojos—. Se te asignará el "Equipo Cuervo". Son especialistas en contención y reconocimiento. Tu trabajo es confirmar qué demonios está pasando ahí y volver.—El Equipo Cuervo... —Aarón hizo una mueca—. Mercenarios glorificados con placas del gobierno.—Son los mejores. Y te cuidarán la espalda. Aarón, escúchame bien —El tono del Jefe se volvió grave, casi paternal—. Eres el mejor detective que tengo. Tienes un instinto que las máquinas no pueden replicar. Pero ten cuidado. Si esto es lo que creemos que es... podría ser muy feo. No quiero perderte.Aarón asintió, una mueca de resignación cruzó su rostro.—No se preocupe, Jefe. Estoy acostumbrado a encontrar cosas que no quieren ser encontradas. No descansaré hasta saber la verdad.—Dile al Equipo Cuervo que se reúna en el Campo Base 7. Salen al amanecer.Aarón salió del edificio. El cielo, gris y pesado, finalmente se rompió. Una lluvia fría y constante comenzó a caer sobre la ciudad, limpiando el polvo pero no el miedo.Caminó por las calles mojadas, las luces de neón reflejándose en los charcos como acuarelas distorsionadas.Entró en una pequeña cafetería que olía a granos tostados y lluvia. Pidió un café negro, sin azúcar.Mientras esperaba, miró hacia afuera. Al otro lado de la calle, bajo el toldo de una tienda cerrada, un grupo de niños jugaba a saltar los charcos, ajenos a las noticias del fin del mundo. Reían, empujándose unos a otros, con esa inocencia que los adultos pierden demasiado rápido.Aarón encendió un cigarrillo bajo el techo de la cafetería, exhalando el humo lentamente.—Vaya... —susurró—. No sé por qué, pero me da la impresión de que este trabajo va a ser más duro de lo habitual.Miró su reflejo en el vidrio. Vio a un hombre cansado.—Tal vez debería retirarme. Comprarme una casa en la costa. Lejos de todo esto.Dio un sorbo al café. Estaba amargo, pero le ayudó a despertar.—¿Por qué seguimos haciendo esto? —pensó, viendo pasar los autos militares camuflados entre el tráfico civil—. Entré a la policía para resolver crímenes, para usar la cabeza, no la fuerza bruta. Pensé que podía cambiar algo con lógica y deducción. Pero al final, siempre volvemos a las armas. Siempre volvemos a la violencia."Sería mucho mejor si dejáramos de buscar conflictos", reflexionó, viendo cómo una gota de lluvia recorría el cristal como una lágrima solitaria. "Si aprendiéramos a usar las palabras en lugar de las balas. La verdad es que esto se está volviendo... aburrido. Y triste."Aarón terminó su cigarrillo, lo tiró al suelo y lo aplastó con la suela de su zapato. La lluvia arreciaba, pero él ya no sentía el frío. Solo sentía la certeza de que algo en esa selva iba a cambiarlo todo.Al día siguiente, el sol apenas lograba atravesar la capa de nubes.En el punto de encuentro, una furgoneta blindada de color negro mate esperaba con el motor en marcha. Junto a ella, un hombre ajustaba unos lentes de montura gruesa. Llevaba una bata de laboratorio impecable que desentonaba con el barro del camino.Aarón se acercó, su gabardina ondeando con el viento.—Usted debe ser el científico —dijo Aarón, extendiendo la mano.El hombre lo miró con desdén analítico.—Doctor Kovacs. Y usted es el detective. Llegas dos minutos tarde.—Había tráfico. ¿Y ellos quiénes son? —Aarón señaló a cinco figuras que descendían de la parte trasera de la furgoneta. Llevaban armaduras tácticas ligeras, cascos que cubrían sus rostros por completo y armas que parecían sacadas de una película de ciencia ficción.—No tienen nombres —dijo Kovacs secamente—. Para fines operativos, y para usted, son One, Two, Three, Four y Five. El Equipo Cuervo.El líder, One, asintió levemente con la cabeza hacia Aarón. No hubo saludos, ni apretones de manos. Solo silencio profesional.—Están a su disposición, detective —dijo One con una voz distorsionada por el sintetizador del casco—. Usted da la orden, nosotros ejecutamos.—Encantador —murmuró Aarón—. Bien, en marcha.Mientras la furgoneta se adentraba en los caminos de tierra que llevaban al corazón de la selva, Aarón intentó romper el hielo. El silencio dentro del vehículo era opresivo.—Entonces... —comenzó Aarón, mirando a los soldados—. ¿Hacen esto a menudo? ¿Misiones secretas en la selva?Nadie respondió. Los soldados permanecieron estatuas, revisando sus armas una y otra vez.—Vaya, qué grupo tan animado —dijo Aarón con sarcasmo—. Doctor Kovacs, tal vez usted sea más conversador. ¿Por qué estamos realmente aquí? El informe decía "anomalías", pero usted y yo sabemos que no envían a un equipo de exterminio por una lectura de clima extraña.Kovacs miró su tableta, donde gráficos complejos oscilaban frenéticamente.—Hace 48 horas, los satélites detectaron un pico de radiación gamma en el Sector 7. Intentamos enviar un dron de reconocimiento.—¿Y qué pasó?—Nada —respondió Kovacs, limpiándose los lentes—. Simplemente dejó de transmitir a la mitad del camino. No fue derribado. No hubo impacto. Simplemente... se apagó. Como si la energía del lugar lo hubiera devorado. Lo intentamos tres veces más. Tres drones perdidos. Esa zona es un agujero negro de información.—Eso suena alentador —dijo Aarón, mirando por la ventanilla cómo los árboles se volvían más altos y densos, tragándose la luz del sol.—Caballeros —interrumpió One—. Llegamos al perímetro. De aquí en adelante, vamos a pie.Se bajaron del vehículo. La humedad golpeó a Aarón como una bofetada caliente. El sonido de la selva era intenso: insectos, pájaros, el crujir de ramas.Kovacs sacó un dispositivo extraño, similar a un contador Geiger pero con múltiples pantallas holográficas.—Esto es fascinante... —murmuró el científico.—¿Qué sucede? —preguntó Aarón.—Mire esto, detective. —Kovacs le mostró la pantalla. Había flechas rojas apuntando en direcciones caóticas—. La radiación... no se comporta como debería. Normalmente, en un evento nuclear como Chernóbil, la radiación se expande en anillos concéntricos desde el punto de impacto. Se difunde por el suelo y el aire de manera uniforme.—¿Y aquí no?—No. Aquí la radiación está... sectorizada. —Kovacs señaló hacia la espesura—. Hay un foco aquí. Luego nada por diez kilómetros. Luego otro foco intenso más allá. Y lo más extraño es que las lecturas se mueven. Es como si la fuente de energía estuviera... viva. O patrullando.—¿La radiación caminando? Eso es nuevo —Aarón encendió un cigarrillo para calmar los nervios—. Bien, sigamos las flechas. Mantengan los ojos abiertos.Caminaron durante más de una hora. El terreno era difícil, lleno de raíces y lodo.Aarón, que iba en la vanguardia observando el suelo, se detuvo de golpe.—Alto.Se agachó y apartó unos helechos gigantes.—¿Qué encontró, detective? —preguntó Three, con el arma en alto.—Huellas —dijo Aarón, tocando el barro—. Y no son de botas militares. Son pequeñas. Descalzas.—Imposible —intervino Kovacs—. Esta zona está deshabitada desde hace décadas.—¿Había gente aquí? —preguntó Aarón, poniéndose de pie y limpiándose las manos.—Hubo un pequeño pueblo rural hace treinta años. Pero el gobierno compró las tierras bajo el "Acta de Reubicación Civil". —Kovacs hablaba como si leyera un manual—. Compraron las propiedades y trasladaron a todos los habitantes a las metrópolis. Dijeron que era para mejorar su calidad de vida, centralizar los servicios.—Para controlarlos mejor, querrá decir —acotó Aarón.—Puede verlo así —respondió Kovacs encogiéndose de hombros—. Pero piénselo, detective. Los ancianos y adultos viven mejor con tecnología en la ciudad. Y los niños... los niños necesitan estar en las ciudades para tener acceso a la educación moderna. Un niño en esta selva no tiene futuro. El gobierno les hizo un favor.Aarón miró alrededor, a la selva que parecía estar recuperando lo que era suyo.—Tal vez tenga razón. No lo había pensado así. Gracias a esa gente que produce en los campos, nosotros comemos en la ciudad... Supongo que es el precio del progreso.Siguieron avanzando. El calor era sofocante.—Llevamos una hora caminando en círculos, Doctor —se quejó Aarón—. ¿Qué dice su aparato mágico?—Es... errático. —Kovacs golpeaba el dispositivo—. Las flechas cambian de dirección constantemente. Ahora señalan al norte, ahora al este. Es como si jugaran con nosotros.¡BOOM!Una explosión seca y potente sacudió el suelo. Una bandada de pájaros salió volando de las copas de los árboles, graznando en pánico. El sonido vino de algún lugar profundo hacia el oeste.—¡Contacto! —gritó One. El Equipo Cuervo formó un perímetro defensivo alrededor del científico en menos de un segundo.—¡Mantengan la posición! —ordenó Aarón, sacando su revólver—. Yo iré a investigar.—Es demasiado peligroso ir solo, detective —advirtió Five.—Soy más rápido y hago menos ruido que ustedes con esas latas encima. Quédense aquí y protejan al científico. Cualquier cosa, les aviso por radio.Aarón se adentró en la maleza, corriendo hacia donde había escuchado el estruendo.Su mente trabajaba a mil por hora."Ese sonido no fue un trueno. Y definitivamente no fue un animal. ¿Explosivos? ¿Acaso la guerra ya empezó y no nos enteramos? ¿Están haciendo experimentos aquí, en nuestro propio patio trasero, sin supervisión?"Se detuvo al ver que la vegetación estaba extrañamente quemada en una zona, pero no había fuego. Solo ceniza fría.—¿Qué demonios...? —susurró."Es imposible que un lugar así no esté monitoreado. Incluso en la selva hay cámaras. ¿Cómo nadie vio esto?"Siguió un rastro de ramas rotas hasta llegar a un claro pequeño.Había un arbusto denso que se movía ligeramente. Aarón contuvo la respiración, apartó las hojas con el cañón de su arma y...Se quedó helado.Frente a él, de espaldas, había un niño.No tendría más de quince o dieciséis años. Su cuerpo era delgado, fibroso, lleno de cicatrices. Llevaba una bata de hospital blanca, sucia y raída, atada a la cintura como si fuera un faldón improvisado, y unos pantalones que le quedaban grandes. Estaba descalzo.El niño giró la cabeza lentamente.Aarón sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. No fue miedo a un arma, fue un miedo instintivo, primario. Los ojos del chico eran... insondables.—¡Hey! —gritó Aarón, bajando un poco el arma—. ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda?El niño lo miró. Parpadeó una vez.Y en ese parpadeo, desapareció.No hubo sonido de pasos, ni crujir de ramas. Simplemente, ya no estaba allí. Solo quedaba el aire vibrando donde él había estado parado.—¿Pero qué...? —Aarón corrió al lugar. Nada. Ni rastro."Imposible. Nadie se mueve tan rápido. ¿Estoy alucinando por el calor? ¿Quién era ese niño?"Aarón regresó con el equipo, todavía agitado. Decidió no decir nada. Si les decía a los mercenarios que había visto a un "objetivo" potencial, dispararían a matar la próxima vez.—Falsa alarma —mintió Aarón al llegar—. Parecía la caída de un árbol viejo. Nada de qué preocuparse.Miró a Kovacs.—Doctor, ¿está absolutamente seguro de que no hay civiles aquí?—Absolutamente. Los registros son claros. Zona deshabitada.—Ya veo... —"Voy a investigar quiénes vivían aquí realmente", se prometió Aarón.Tres horas después, la frustración era palpable. La lluvia había comenzado a caer de nuevo, convirtiendo la selva en un pantano.—No encontramos nada —dijo Aarón, empapado—. Doctor, su máquina nos está haciendo dar vueltas.—Es la interferencia... —se excusó Kovacs, nervioso—. Mire, ahora marca cuatro puntos diferentes. Se separan y se juntan. Es ilógico.—Sugerencia —dijo One—. Despleguemos un dron táctico de corto alcance. Podemos barrer la zona desde el aire.—¡Negativo! —interrumpió Aarón—. Si hay alguien hostil ahí fuera capaz de derribar los drones del gobierno, ver uno de los nuestros solo revelará nuestra posición. Nos cazarán antes de que veamos las imágenes.—El detective tiene razón —dijo Kovacs—. Además, está oscureciendo. La radiación está interfiriendo con nuestros sistemas de comunicación de largo alcance.—Volvamos —sentenció Aarón—. Necesitamos venir más preparados. He visto... he escuchado cosas que no me gustan. Y este lugar me da mala espina.El viaje de regreso fue silencioso. Aarón no podía sacarse de la cabeza la imagen de esos ojos. "¿Quién eres? ¿Un superviviente? ¿Un fantasma?"De vuelta en la ciudad, Aarón pasó los siguientes tres días inmerso en una obsesión.Mientras el Equipo Cuervo reabastecía y Kovacs analizaba datos inconexos, Aarón se encerró en la Biblioteca Nacional de Archivos.El olor a papel viejo y polvo era reconfortante comparado con la humedad de la selva.Buscó mapas antiguos. Registros de propiedad. Censos de hace cincuenta años.Encontró el lugar donde habían estado. Las coordenadas coincidían con un punto en el mapa, pero... estaba vacío.—No hay nombre —susurró, pasando el dedo por el papel amarillento—. No hay registro de población. Ni siquiera figura como "pueblo". Es un vacío legal.Fue a ver a su Jefe.—Jefe, encontré algo raro. El lugar donde nos mandó... figura en los mapas viejos como zona habitada, pero no tiene nombre. No hay registros de impuestos, ni de nacimientos. Es un pueblo fantasma que nunca existió.El Jefe se sirvió un vaso de whisky y miró por la ventana.—Aarón, hay muchas cosas en este mundo que el gobierno decide olvidar. No es la primera vez.—Pero el científico dijo que fueron reubicados. Si fueron reubicados, debe haber un registro de a dónde fueron.—A veces, la reubicación es... administrativa —dijo el Jefe con voz sombría—. Hay lugares así en todo el mundo. Mira Civita di Bagnoregio en Italia, la llamaban "la ciudad que muere". O Villa Epecuén, en Argentina, tragada por el agua y el olvido. A veces, la historia simplemente decide borrar un lugar. O el gobierno decide que ese lugar nunca debió estar allí.—¿Me está diciendo que deje de buscar?—Te estoy diciendo que te calmes. Apenas estamos empezando el caso. No te exaltes por burocracia antigua. El tiempo es relativo, Aarón. Lo que pasó hace treinta años tal vez no importe hoy.—O tal vez importe más que nunca —replicó Aarón.—Tal vez sea solo algo del gobierno —dijo el Jefe, tocándole el hombro para despedirlo—. Descansa. Te ves terrible.Aarón salió, más confundido que antes."¿Algo del gobierno? ¿Y si el 'Proyecto" del que hablaban los rumores en los foros de conspiración es real?"Volvió a su rutina para intentar anclar su mente. Café. Cigarrillo. Parque.Se sentó en un banco, viendo a las madres empujar los cochecitos.La imagen del niño de la selva se superpuso a la de los niños felices del parque."Tenía mi altura casi. Estaba flaco, pero... se veía fuerte. Robusto. No parecía enfermo. Y esos ojos... Eran ojos que han visto la muerte."—¿Podría ser una familia viviendo salvaje? ¿Huérfanos de guerra?Sacudió la cabeza, exhalando el humo.—No. En la época actual, con satélites que pueden leer la hora en mi reloj desde el espacio, nadie vive "escondido" por accidente. Alguien los está escondiendo. O ellos se están escondiendo de todos nosotros.Su teléfono vibró.—Aarón —era la voz del Jefe, tensa—. Vuelve ya.—¿Qué pasó?—Pusimos cámaras de vigilancia perimetral en la selva después de que ustedes se fueron. Hace diez minutos, todas fueron destruidas simultáneamente.—¿Fallo técnico?—No. Las imágenes finales muestran... algo indescriptible. Tienes que ir ya. El Equipo Cuervo te espera en el helipuerto.El viaje de regreso fue en helicóptero. Kovacs estaba pálido.—Doctor —Aarón le gritó para hacerse oír sobre el ruido de las hélices—. Usted sabe más de lo que dice. Ese pueblo... ¿qué hacían ahí?—¡Ya le dije que no lo sé! —gritó Kovacs, esquivando la mirada—. ¡Solo soy un analista de energía!Aterrizaron en un claro. El ambiente era eléctrico.Se adentraron en la espesura. Esta vez, no caminaban a ciegas.—La radiación es constante ahora —dijo Kovacs, mirando su pantalla con terror—. Viene del norte. De la zona de los acantilados.—Bien. Tengo un plan —dijo Aarón, tomando el mando—. Vamos a seguir el camino hacia donde escuchamos la explosión la primera vez. No nos detendremos por nada. Mantengan los ojos abiertos. Si algo se mueve y no soy yo, apunten, pero no disparen a menos que yo lo ordene.Caminaron rápido, cortando la maleza. El sonido de agua cayendo comenzó a llenar el aire. Un rugido natural que tapaba sus pasos.—Estamos cerca —dijo Aarón.Apartaron una cortina de enredaderas y salieron a un precipicio.Estaban en la cima de una formación rocosa. Abajo, el bosque se extendía infinito, y una cascada impresionante caía a su lado hacia una laguna turquesa cientos de metros abajo.—Increíble paisaje... —susurró Aarón, momentáneamente cautivado por la belleza del lugar.Entonces, giró la cabeza hacia su derecha.Y el corazón se le detuvo.Ahí estaba. El mismo chico.Estaba sentado en una roca al borde del precipicio, con las piernas colgando hacia el vacío, mirándolos con una calma antinatural.—¡AH! —Aarón dio un salto hacia atrás del susto y tropezó, cayendo sentado en el barro.—¡CONTACTO! —gritaron los miembros del Equipo Cuervo al unísono.El sonido metálico de cinco rifles de asalto cargándose rompió la paz del lugar. Apuntaron al chico a la cabeza.El chico no se inmutó. Giró el cuello lentamente, sus ojos rasgados y verticales, como los de un reptil, se clavaron en ellos.—¿Qué están haciendo en este bosque? —preguntó el chico. Su voz era tranquila, pero tenía un peso que hacía vibrar los dientes—. ¿Quiénes son ustedes?—¡Identifícate! —gritó One—. ¡Manos donde pueda verlas!El chico se puso de pie lentamente. Su postura no era de rendición, era de depredador.—Váyanse de aquí —dijo el chico—. No los aceptaremos. No queremos sufrir lo mismo otra vez. Váyanse y vivan.De repente, de la espesura detrás del chico, salieron tres figuras más.Dos chicas y otro chico. Llevaban ropas similares, harapos blancos mezclados con pieles y hojas. Se pararon detrás de él, formando una barrera. Sus ojos brillaban con colores antinaturales: rojo, azul, ámbar.—¡Váyanse! —gritó una de las chicas, levantando la mano. El suelo tembló ligeramente—. ¡No les haremos daño si se van ahora!Four, el miembro más nervioso del Equipo Cuervo, entró en pánico. El temblor del suelo lo desestabilizó.—¡Hostiles! ¡Están atacando!El dedo de Four apretó el gatillo.¡BAM!El disparo resonó como un trueno. La bala iba directo al pecho del primer chico.Aarón estiró la mano inútilmente.—¡NO!El chico, sin siquiera cambiar su expresión, movió el torso hacia un lado. Fue un movimiento tan rápido que pareció un borrón. La bala pasó silbando donde había estado su corazón un milisegundo antes.El chico soltó un suspiro. Un suspiro largo, cargado de una tristeza infinita, como si estuviera decepcionado de la raza humana.—Humanos... siempre igual —susurró.En un parpadeo, los cuatro niños se movieron.Fue una danza de violencia controlada.La chica del suelo pisó fuerte y una columna de roca golpeó a Two y Three, lanzándolos contra los árboles.El otro chico se movió como una sombra y apareció detrás de Four, golpeándolo en la nuca con precisión quirúrgica. Four cayó inconsciente antes de tocar el suelo.El chico principal —el que había esquivado la bala— apareció frente a One. El líder del escuadrón intentó golpearlo con la culata del rifle. El chico detuvo el golpe con una sola mano, sin esfuerzo, y con la otra empujó suavemente el pecho de One.El soldado salió volando diez metros hacia atrás, estrellándose contra Kovacs.En menos de cinco segundos, el escuadrón de élite estaba derrotado. Nadie había muerto. Solo estaban humillados.El chico se giró hacia Aarón, que seguía en el suelo, temblando, con la mano en su arma pero sin atreverse a sacarla.—Váyanse —repitió el chico—. No vuelvan nunca más. Dejen de molestar al bosque. O la próxima vez no seremos tan amables.Aarón tragó saliva, tratando de procesar lo que acababa de ver.—Espera... —logró decir, con la voz quebrada—. ¿Por qué? ¿Por qué están aquí? ¿Qué están haciendo solos en este lugar?El chico miró a Kovacs, que estaba gimiendo en el suelo, y luego miró la bata blanca del científico. Una sonrisa amarga, cargada de ironía, cruzó su rostro.—Vaya... qué pregunta tan graciosa —dijo el chico, soltando una risa seca—. Justamente ustedes... no saben por qué estamos acá. ¿Verdad? Ustedes, con sus batas blancas y sus armas.Aarón no entendía nada, pero sentía la acusación en esas palabras.—Chicos, vámonos —ordenó el líder a los otros tres.Los otros niños saltaron hacia la espesura, desapareciendo como fantasmas.El líder se quedó un segundo más, al borde del precipicio, dándoles la espalda.—¡Espera! —gritó Aarón, poniéndose de pie—. ¡Dime tu nombre! Si me dices tu nombre, me iré. Prometo que no volveré. Haré que nadie vuelva. Pero necesito saber... ¿quién eres?El chico se detuvo. Giró la cabeza una última vez. El viento movía su bata sucia como una capa de rey mendigo. Sus ojos de dragón brillaron con una intensidad que Aarón jamás olvidaría.—Mi nombre es ren —dijo.Y sin tomar impulso, se dejó caer hacia atrás, hacia el vacío del acantilado, desapareciendo en la bruma de la cascada.Aarón corrió al borde y miró hacia abajo.No había cuerpo. No había nada. Solo el rugido del agua y la sensación de que acababa de mirar a los ojos a un dios olvidado.FIN DEL CAPÍTULO 1

Akeron