Chapter 1:
AULA A OTRO MUNDO
El sonido de la tiza chirriando contra la pizarra fue lo único que rompió el silencio matinal del aula 2-D. Kakeru Inoue se inclinaba hacia adelante, anotando cuidadosamente el horario del día en letras limpias y rectas, como cada mañana.
Era el primero en llegar, como siempre. Las sillas seguían sin acomodar, las ventanas empañadas por el aire de la madrugada, y el cesto de basura ya comenzaba a desbordarse. Sus ojos, cargados de sueño, no lo detenían: como delegado, esta era su responsabilidad.
Responsabilidad, pensó, apretando la mandíbula. A veces sentía que la palabra lo aplastaba.
—¡Buenos días, Kakeru! —canturreó una voz familiar a sus espaldas.
Satsuki Aizawa entró con su sonrisa brillante, moviendo la melena ligeramente despeinada por la brisa. Llevaba una bebida de lata en una mano y una barra energética en la otra. Como si la mañana apenas le afectara.
—¿Otra vez llegaste antes que el conserje? —bromeó mientras tomaba asiento, sin ayudar a organizar ni un pupitre.
—Alguien tiene que hacerlo —respondió Kakeru sin mirar atrás.
—Y ese “alguien” siempre eres tú —replicó con una risita —Eres demasiado bueno para este mundo, Kakeru.
Él no respondió. En vez de eso, tomó un trapo y empezó a limpiar una mancha sospechosa de tiza en la pared. Había escuchado esa frase muchas veces. Siempre dicha con una mezcla de lástima y burla disfrazada de ternura.
El resto de la clase comenzó a llegar poco a poco. Jin Nakamura cruzó la puerta pateando una botella vacía, mientras se burlaba de la corbata mal puesta de un compañero. Goro y Masato le seguían, riendo como hienas. Kakeru se hizo a un lado sin decir nada.
—¡Eh, delegado! Lleva esto a la sala de profesores, ¿vale? —le lanzó una carpeta desordenada sin mirarlo siquiera.
Kakeru atrapó el paquete por reflejo. Ni un "gracias", ni un "por favor". Solo la costumbre. Ni siquiera sabía a quién pertenecía esa carpeta.
Mientras regresaba al aula, escuchó risas desde el interior. Risas en las que él no participaba. Risas ajenas.
///
Durante la primera hora de clases, Kakeru casi no prestó atención. La voz del profesor se perdía entre los pensamientos que se acumulaban como polvo en su mente. El aula era ruidosa, con grupos bien formados: los deportistas, los populares, los marginados. Él flotaba entre todos ellos, sin pertenecer a ninguno.
Satsuki estaba a su lado. Siempre lo estaba. Pero a veces, la distancia entre ellos parecía un abismo.
—Anoche discutí con mi mamá otra vez —murmuró ella entre clases —Mi padre no llegó a casa. Dijo que estaba "trabajando".
Kakeru giró la cabeza para mirarla. Iba a decir algo. Algo de consuelo.
—Pero no importa, tú tienes cosas peores —añadió antes de que él pudiera abrir la boca —Al menos tienes padres que te quieren, ¿no?
Él sonrió de lado. Forzado. Y volvió la vista al frente.
No, no los tengo, pensó. Pero guardó silencio.
///
En la quinta hora, la profesora Hatanaka pidió que se formaran grupos para una actividad de repaso. Antes de que Kakeru pudiera moverse, todos ya estaban acomodados. Como siempre, quedó de pie en medio del aula, solo.
Entonces, ocurrió.
La luz parpadeó con un zumbido seco. El suelo tembló como si un tren invisible pasara por debajo. Las hojas volaron de los escritorios y el aire se volvió espeso, como si algo invisible y gigantesco hubiera llenado el aula de pronto.
—¿¡Qué está pasando!? —gritó alguien.
Los ventanales explotaron hacia dentro sin romperse. Una ráfaga de viento helado barrió el aula y, por un instante, todo se tiñó de blanco.
Kakeru alzó la vista justo a tiempo para ver un círculo mágico resplandeciente bajo sus pies. Era un entramado de runas desconocidas, girando como un reloj sin agujas. Sintió que su cuerpo era arrastrado hacia abajo y hacia arriba al mismo tiempo, como si la gravedad se hubiese olvidado de él.
Alcanzó a ver a Satsuki, boquiabierta, al otro lado del aula. Intentó correr hacia ella, pero ya era demasiado tarde.
Todo desapareció.
///
Cuando Kakeru abrió los ojos, lo primero que sintió fue el calor del sol en la piel. Después, la dureza del suelo bajo su espalda. Luego, un zumbido constante en los oídos.
El cielo era azul, sin el marco del aula que solía encuadrarlo.
Se incorporó con dificultad. Estaba sobre una especie de hierba más alta que cualquier pasto que hubiera visto. Árboles gigantes se alzaban alrededor, de un color verde más intenso que el de cualquier parque en Japón.
—Kakeru... —la voz temblorosa de Satsuki lo hizo girarse.
Ella estaba cerca, despeinada, con la cara sucia y una herida superficial en la frente. Sus ojos reflejaban una mezcla de alivio y pánico.
—¿Estás bien? —preguntó él, arrastrándose hacia ella.
—No lo sé... ¿Qué es este lugar…?
Una tercera figura apareció detrás de ellos, tambaleándose. Hajime Nomura. La ropa rota en una manga, pero ileso.
—Decidme que esto es un mal sueño —murmuró.
Los tres se miraron en silencio. Alrededor, más estudiantes comenzaban a moverse, desperdigados por el claro del bosque.
Y entonces, un crujido.
Entre los arbustos, algo se movía. Lento. Pesado. Ojos rojos como carbones encendidos parpadearon entre las sombras.
—¡Cuidado! —gritó Satsuki.
Kakeru se giró justo a tiempo para ver a la criatura emerger: una masa peluda, del tamaño de un oso, con colmillos sobresalientes y garras afiladas. No sabían qué era, pero no pertenecía a su mundo.
Y ese, pensó Kakeru con un nudo en la garganta, era el verdadero comienzo de su pesadilla.
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