Chapter 2:
AULA A OTRO MUNDO
Kakeru apenas tuvo tiempo de reaccionar.
El caos se desató en un segundo.
La criatura se lanzó con un rugido salvaje, derribando ramas a su paso. Era como una fusión entre jabalí y lobo, con colmillos ensangrentados y una piel gruesa, erizada como metal oxidado.
—¡¡¡Moveos!!! —gritó, tomando a Satsuki del brazo.
Rodaron por el suelo mientras el monstruo embestía justo donde habían estado un segundo antes. Tierra y hojas volaron por los aires. Los demás estudiantes, aún desorientados, comenzaron a gritar.
—¡¿Qué demonios es eso?! —bramó Jin, retrocediendo con una rama en la mano como única arma.
—¡No lo sé, pero no os quedéis quietos! —vociferó Nomura, arrastrando a dos chicas lejos de la criatura.
La bestia se giró, olfateando, confundida por tantos olores. Luego centró sus ojos brillantes en Kakeru. Con un gruñido gutural, se lanzó a por él. Intentando poner a salvo a Satsuki empujándola lejos, terminó siendo arrastrado junto a ella al aferrarse esta fuertemente a su brazo. Y, por algún extraño motivo, ambos desaparecieron de la vista. La criatura cruzó al otro lado del montón de hojas donde cayeron sin siquiera rozarles.
—¿Pero qué...? —exclamó un confundido Goro —¿Dónde se han metido?
—¡Aquí! —gritó Kakeru desde un punto ciego —¡Aquí abajo!
Jin corrió a investigar. Ambos estaban en lo que parecía un pozo seco, cubierto por hojas y raíces.
—¡Saltad! ¡Las hojas amortiguarán la caída!
—¡¿Te has vuelto loco?! —le recriminó Goro —¿Cómo vamos a subir después?
—Este sitio es lo bastante estrecho como para trepar, o que alguien tire una cuerda para sacarnos luego —replicó Satsuki —¡Vamos, saltad! ¡Luego podremos salir entre todos!
—Pero...
—¡Deja de ser tan cobarde! —exclamó Atsuko, lanzándose sin pensarlo al vacío —¡Ya nos preocuparemos de eso luego! ¡Y no habrá un "luego" si no sobrevivimos a esto!
—¡Me cago en todo!
Uno a uno, todos saltaron al pozo, esquivando a la criatura hasta que todos estuvieron a salvo en el fondo. Pasó un rato en el que la bestia rondó la zona y, aunque se asomaba ocasionalmente al borde, no se atrevía a bajar, sabiendo que también quedaría atrapada. Finalmente se rindió y se marchó entre gruñidos.
—Parece que se ha ido —dijo Kakeru.
—Esperemos un poco más —inquirió Satsuki —Sólo por si acaso.
Pasaron unos minutos en completo silencio. Todo apuntaba a que, efectivamente, el peligro había pasado.
—Qué gran idea has tenido, delegado —le espetó un molesto Goro —Tirarnos todos al pozo. Supongo que ahora podemos decir que si uno salta de un puente, los demás lo seguiríamos.
—Al menos tenemos unidad —comentó Kakeru.
—¿Eso era sarcasmo? Te lo puedes ahorrar.
—Vale ya, Goro —le recriminó Satsuki —En lugar de discutir, hagamos una torre para salir de aquí.
—Eso es —añadió Atsuko —Hagamos lo que dice Satsuki-neesama. Así podremos irnos.
—¿Irnos de dónde? —preguntó Anna Mikazuki, la modista aficionada de clase —Ni siquiera sabemos dónde estamos.
—Una cosa sí está clara: definitivamente ya no estamos en Japón —dijo Kakeru.
—¡No fastidies, genio! —saltó Masato —¡Eso salta a la vista!
—Pues suerte que no estáis solos aquí —interrumpió de pronto una voz conocida desde lo alto.
—¡Profesora Hatanaka! —exclamó Satsuki —¿Usted también está aquí?
—Así es. Venga, dejad que os ayude.
Desde arriba lanzó una escalerilla de cuerda con peldaños de madera.
—Subid, rápido.
Goro se abrió paso entre todos, empujando incluso a Kakeru pese a que este no se interpuso.
—Apartad, yo subiré primero.
—Eso —masculló Atsuko con sarcasmo —No sea que se vaya a romper y alguien importante se parta la crisma...
—¿Qué has dicho?
—Vale ya —dijo Satsuki —Que suba uno y le siga el siguiente en orden. Uno por uno, por si acaso.
Y uno por uno, comenzaron a subir, sin saber que lo que les esperaba fuera del pozo sería mucho más extraño —y peligroso— que cualquier monstruo.
///
Uno a uno, los estudiantes fueron saliendo del pozo gracias a la escalerilla improvisada de la profesora Hatanaka. Una vez reunidos arriba, comenzaron a bombardearla con preguntas.
—¡¿Dónde estamos?!
—¿Cómo hemos llegado aquí?
—¿Ha llamado a alguien? ¿Hay cobertura?
—¡Mi móvil no enciende!
La profesora alzó las manos, intentando calmar la oleada de voces.
—Calma, calma —repitió, aunque ella misma parecía al borde de los nervios —No sé cómo hemos llegado aquí… y, para ser honesta, tampoco tengo idea de dónde es "aquí". Pero al menos no estamos solos.
—Con el debido respeto, profe, no es su mejor argumento —espetó Goro, cruzado de brazos.
—Tú tampoco ayudas mucho que digamos —comentó Anna con frialdad.
—Cierra el pico, so creída.
Kakeru dio un paso al frente, dispuesto a intervenir, pero Satsuki se le adelantó:
—¡Basta! —gritó, interponiéndose —Nada de esto nos ayuda. Estamos perdidos, en medio de la nada, sin idea de cómo ni por qué. Lo primero es intentar orientarnos. Tal vez encontremos rastros de civilización si buscamos bien. Desde ahí podremos actuar con más lógica.
—¡Como se esperaba de Satsuki-neesama! —exclamó Atsuko, con los ojos brillando de admiración —¡Siempre sabe qué hacer! No como otros, que sólo saben discutir.
Goro torció el gesto con repulsión.
—Puta lamebotas…
—¡¿AH?! ¿¡Has dicho algo!?
—¿No acabas de decir tú que algunos sólo saben discutir?
—¡Suficiente! —intervino al fin Kakeru —Nada de esto está ayudando.
—Tampoco tú, y sin embargo aquí sigues —masculló Goro.
—Eso, mejor cállate —añadió otro alumno.
—¡Vosotros dos, vale ya! —saltó Satsuki con el ceño fruncido —Kakeru sigue siendo el delegado, así que hacedle caso tanto como a la profesora.
—¿Delegado de qué? —bufó Goro —¡Ni siquiera hay aula! ¡Ni escuela! ¡Estamos en medio de un maldito bosque!
—Pero sigue habiendo una clase —dijo Kakeru, más tranquilo —Seguimos estando nosotros. Y eso tiene que contar para algo.
—Eso es —añadió la profesora, recobrando algo de compostura —Tenemos que pensar en cómo salir de esto. Y para eso necesitamos estar unidos. Divididos no llegaremos a ningún sitio. De momento, busquemos algún camino o indicio de civilización. Menos da una piedra.
Hubo un silencio breve. Luego, alguien asintió. Y otro. Al cabo de unos segundos, todos comenzaron a mirar a su alrededor. Árboles enormes, cielo extraño, sin señal ni caminos claros.
Y así, aún con la desconfianza flotando en el aire, dieron los primeros pasos hacia lo desconocido.
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