Chapter 1:
VIRIDIS (español/spanish)
Capítulo I
Tras tus pasos
El canto del gallo rasgó el silencio antes del amanecer, perdiéndose entre las montañas. La joven rodeó la taza con ambas manos y aspiró el vapor del café, tibio y amargo, antes de dar el primer sorbo. La mordida al sándwich crujió suavemente en la quietud de la mañana.
Se llamaba Rebecca.
Se levantó de la mesa y salió al balcón. Allá abajo, las montañas dormían envueltas en una capa de niebla baja que la vegetación fue devorando poco a poco con la llegada de la luz.
—¿Te vas sin decir nada? Qué desconsiderada eres con este par de viejos —dijo una voz desde el interior.
Un anciano bajaba lentamente por las escaleras, apoyándose en el pasamanos con cada peldaño. El reclamo le arrancó a Rebecca una leve mueca de incomodidad.
—Se suponía que debías estar durmiendo. No quería que me despidieran como en esas malas telenovelas.
—Lamentablemente eres idéntica a ese cabeza dura —respondió el anciano—. Pero no te preocupes; no planeaba despedirte entre lágrimas.
Rebecca metió la mano en el bolsillo y sacó una fotografía. La sostuvo un momento: un hombre de cabello verde, gabardina de cuero y una espada desproporcionadamente grande. La melancolía le pasó por los ojos como una nube. Guardó la foto, recogió la mochila y caminó hacia la puerta.
—Ya me voy —dijo, sin voltearse.
La puerta se cerró tras ella con un clic suave. El anciano permaneció quieto, escuchando cómo los pasos de su nieta se alejaban por el camino. Cuando el silencio volvió a ser completo, murmuró para nadie:
—Cuídate, nieta mía.
✦ ✦ ✦
El aeropuerto era un torrente de humanidad: maletas que chirriaban contra el suelo, anuncios que se superponían unos a otros, el olor a café de máquina y perfume barato mezclados en el aire acondicionado. Rebecca navegaba entre la gente con la mochila bien ajustada, casi sin rozar a nadie.
Espero no haber sido muy dura con el abuelo, pensaba, aunque no quería que creyera que tenía dudas.
Llevaba consigo únicamente lo justo. Adonde iba, el equipaje extra era un lujo que no podía permitirse. Tras atravesar los filtros de seguridad llegó a la sala de embarque y se sentó con una vieja libreta entre las manos, hojeándola distraídamente.
—Mi padre pudo haber sido un poco más específico... Lo único que sé es que debo llegar a una tal Isla de los Invocadores o algo así.
Ya en su asiento, Rebecca inhaló despacio y soltó el aire antes de acomodarse. Los motores despertaron con un rugido sordo que los pasajeros apenas registraban, acostumbrados a ese sonido de partida. El avión rodó por la pista, ganó velocidad y se despegó de la tierra. Rebecca apoyó la frente en el frío de la ventanilla y vio cómo la ciudad se volvía diminuta, luego irreconocible, luego nada.
—Bueno... ya no hay marcha atrás —se dijo en voz baja.
Una azafata se acercó con la sonrisa profesional del oficio. Pero en cuanto Rebecca levantó la vista, la sonrisa se quebró. El rostro de la mujer palideció en cuestión de segundos.
—¿Qué se le ofrece, señorita? —alcanzó a preguntar, aunque la voz le salió con un hilo de pánico.
—¿Qué le pasa? —preguntó Rebecca.
—Na... na... nada, señorita. Luego vuelvo —murmuró la azafata, y se alejó a paso rápido.
Rebecca la siguió con la mirada hasta que desapareció detrás de la cortina del galley. No era la primera vez. Probablemente no sería la última.
—Genial. Ni siquiera hemos despegado del todo y ya encontré a alguien que piensa que doy miedo —comentó en voz baja, con un sarcasmo casi resignado.
✦ ✦ ✦
Horas más tarde, el piloto anunció el descenso y el avión aterrizó con un chirrido seco de neumáticos contra asfalto. Rebecca había llegado a su primera escala en el camino hacia la isla.
Al salir del aeropuerto, la ciudad se abrió ante ella como un rompecabezas sin terminar: edificios coloniales con balcones de madera convivían con pantallas publicitarias y motos que zigzagueaban entre el tráfico. El aire olía a escape, a fritanga y, por debajo de todo, a sal marina.
—Según las notas de mi padre, debo encontrar una embarcación clandestina que me lleve hasta la isla. Al parecer, ni siquiera aparece en los mapas oficiales.
La playa estaba casi desierta a ese día de la semana. Las olas rompían con pereza sobre la orilla y las pocas sillas de plástico que quedaban estaban volcadas sobre la arena. Rebecca caminó descalzándose mentalmente con cada paso, disfrutando la soledad sin proponérselo.
—Hoy es día de semana. Sin turistas está bastante bien esto.
Dejó atrás los últimos puestos de artesanía y se adentró en un sendero más estrecho. La vegetación crecía más espesa, las palmeras proyectaban sombras alargadas y el camino se volvía irregular bajo sus pies. El agua subía con la marea y le rozaba los tobillos cada pocos pasos, hundiéndola levemente en la arena húmeda. Era mediodía; el sol caía sin contemplaciones.
—Este lugar está bastante apartado. Llevo un rato caminando y nada. A lo mejor son traficantes y por eso se esconden —cavilaba en voz alta, hasta que su estómago emitió una protesta inequívoca—. Y encima ya me está dando hambre.
Un cangrejo pasó a pocos centímetros de su pie sin inmutarse.
—No se acerquen, que puede que los acabe almorzando.
Fue entonces cuando distinguió, a lo lejos entre la bruma del calor, la silueta de varias embarcaciones mecidas por el agua. Rebecca apretó el paso, luego corrió, y desembocó en una plaza ruidosa y sin adornos: marineros viejos, individuos de aspecto indefinible y olor a pescado y petróleo mezclados en el aire.
—Ya estoy aquí. Ahora, ¿a quién le pregunto?
Preguntó a varios. La respuesta siempre era la misma, dicha con distintas caras pero igual indiferencia:
—No tengo idea de lo que hablas, niña.
Cansada, se dejó caer en una silla de plástico junto a una mesa pegajosa de salitre y sol. Apoyó la cabeza sobre los brazos cruzados y soltó el aire lentamente.
—¿Qué se te ofrece, jovencita? —preguntó la mujer que atendía el puesto, secándose las manos en el delantal.
Rebecca echó un vistazo a la pizarra escrita con tiza detrás del mostrador.
—Pargo rojo frito.
Cuando llegó el plato —crujiente, con rodajas de limón y una guarnición de arroz blanco— Rebecca tuvo que resistir el impulso de comerlo de un solo bocado.
—Usted no parece de por aquí, señorita —comentó la mujer, apoyando los codos en la barra con genuina curiosidad.
—Vengo del extranjero. Se supone que en este lugar encontraría a alguien que me llevara a la Isla de los Invocadores, pero todo el mundo me responde que no sabe de lo que hablo.
—Ya veo... —La mujer se quedó pensativa un instante, como si sopesara algo—. Puede que haya una forma.
Rebecca levantó la vista del plato.
—¿En serio? —se incorporó de golpe.
—Shhh. —La mujer alzó una mano con calma.
Sacó una tarjeta de debajo del mostrador y la deslizó sobre la mesa con discreción.
—Ve a esta dirección. Muéstrale esto al hombre que parece estar vigilando el lugar.
Rebecca tomó la tarjeta con cuidado, como si pudiera romperse.
—Gracias.
—No tienes nada que agradecerme, niña. Esto hace parte del negocio.
Rebecca soltó un suspiro largo y feliz, y volvió a sentarse.
—Me iré luego de devorar este manjar —anunció, frotándose las manos.
✦ ✦ ✦
El callejón olía a salitre y madera podrida. Las gaviotas se disputaban los tejados con un griterío constante, y las edificaciones destartaladas contaban, a su manera, la historia de un lugar que alguna vez tuvo más vida. Rebecca avanzó siguiendo los números hasta que dos hombres le cerraron el paso desde el frente. Se dio vuelta: otros dos bloqueaban la salida. Los cuatro vestían con la ropa ajada de quienes llevan demasiado tiempo en los márgenes, y sonreían con esa confianza barata que da la superioridad numérica.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Rebecca, con la voz plana y el cuerpo quieto.
Uno de los que tenía enfrente señaló con los dedos, como si apuntara una pistola imaginaria.
—Pequeña, no pareces de por aquí. Si nos entregas tus pertenencias, quizá te dejemos ir.
—Tienen tres segundos para apartarse —respondió Rebecca—. Después de eso, ninguno sale ileso.
La advertencia arrancó una carcajada al hombre, que se transformó en rabia casi de inmediato.
—¿Quién te crees que eres, muchachita insolente? —gritó, y lanzó el puño directo a su cara.
Rebecca no se movió del sitio. Simplemente extendió la mano y atrapó la muñeca en el aire, con la misma naturalidad con que se recoge algo que cae.
—¿Qué...? —alcanzó a decir el hombre.
El apretón fue gradual y terrible. El hueso cedió con un crujido sordo y el tipo cayó de rodillas sobre el asfalto mojado, gritando. Rebecca lo soltó y le propinó un rodillazo limpio en el rostro. El cuerpo quedó inerte en el suelo.
—No soporto que sujetos tan débiles anden por ahí fingiendo ser matones.
Nadie se movió. El silencio del callejón era casi más amenazante que cualquier palabra.
—¿Quién sigue? —dijo Rebecca.
Los tres que quedaban en pie recogieron a su compañero del suelo con movimientos torpes y urgentes, y echaron a correr sin mirar atrás.
—¡Lo sentimos! —gritaban, ya a media calle de distancia.
—Eres muy brusca para ser tan linda —dijo una voz detrás de ella.
Rebecca se giró de golpe. No había escuchado ningún paso, ningún susurro de ropa ni crujido de calzado. Frente a ella estaba una anciana de blusa blanca y pollera azul que apoyaba ambas manos en un bastón de madera oscura, mirándola con una sonrisa serena y ligeramente divertida.
¿Cómo es posible que se haya movido tan rápido sin hacer ruido? A menos que sea una invocadora, pensó Rebecca, sin apartar los ojos de la mujer.
—No es muy común que una jovencita ande por estos lares sola —dijo la anciana—. De seguro estás buscando algo. ¿O me equivoco?
Sin bajar la guardia, Rebecca sacó del bolsillo la tarjeta que le había dado la señora del restaurante.
—Busco este lugar.
La anciana la tomó y la acercó a sus ojos entornados por los años.
—Ya veo. Así que vas a ese sitio —dijo, con una calma que no concordaba con el ambiente del callejón.
Comenzó a caminar sin más explicaciones. Rebecca la llamó:
—¿Adónde va?
—Tú solo sígueme —respondió la anciana, señalando hacia adelante con el bastón.
Doblaron a la derecha, avanzaron unos metros y se detuvieron frente a una casa que parecía llevar años sin ser habitada. Las ventanas estaban cegadas con tablas de madera, el techo servía de posadero a una docena de gaviotas, y la pintura se desprendía en tiras largas como piel seca. La anciana tocó la puerta tres veces con el puño, con una cadencia que parecía un código.
Un hombre de aspecto corriente abrió, los miró a ambas y se hizo a un lado sin decir nada.
—¿En este lugar encontraré cómo llegar a la Isla de los Invocadores? —preguntó Rebecca, mirando el interior vacío y oscuro.
La anciana no respondió. Se agachó, apartó con el bastón una alfombra enterrada bajo el polvo y levantó una trampilla de madera. Debajo había una escalera que bajaba hacia la oscuridad. Unas pocas velas parpadeaban en las paredes del descenso, lo justo para que los escalones fueran visibles.
—Solo sígueme y calla —dijo la anciana, y comenzó a bajar.
Rebecca la siguió. El aire cambiaba con cada peldaño: más fresco, más húmedo, con ese olor a piedra mojada y agua salada que viene del mar sin que nadie lo llame. Las llamas de las velas se movían apenas, proyectando sombras que alargaban las paredes.
—¿Me está llevando a algún calabozo o algo así? —preguntó Rebecca.
La anciana sonrió sin voltearse.
—No tienes nada que temer. No hay nada que una pobre anciana como yo pueda hacerle a alguien tan fuerte.
—¿Se burla? La velocidad con la que se movió allá afuera no es algo que cualquier abuelita pueda hacer.
Al llegar al último escalón, la gruta se abrió ante ellas como un secreto bien guardado. La caverna era enorme: sus paredes de roca negra bajaban hasta un río subterráneo de aguas quietas y oscuras que desembocaba en el mar a través de una abertura en el fondo. La luz del exterior entraba por ese hueco, tiñendo el agua de un verde pálido y vivo. El sonido de las olas llegaba amortiguado, como si el océano estuviera respirando.
—Pero qué lugar tan bonito —dijo Rebecca, y lo decía en serio.
Atracado al borde del río, un gran barco pesquero esperaba con las cuerdas tensas. Antes de que Rebecca pudiera procesarlo, una figura saltó desde cubierta y aterrizó frente a ellas con un golpe sordo que retumbó en la caverna.
—¡¿Qué le pasa?! —exclamó Rebecca, dando un paso atrás.
Era un hombre viejo cuya barba blanca le llegaba a las rodillas. Sonreía con la suficiencia de alguien acostumbrado a hacer entradas teatrales.
La anciana se acercó a él con una resignación cariñosa.
—Es hora de presentarnos. Yo soy doña Petra, y este de aquí es mi marido. Puedes llamarlo...
—Capitán Barba Plateada —la interrumpió el viejo, cuadrándose—. Para usted.
Rebecca los miró a los dos con una mezcla de incredulidad y fatiga.
—¿Al viejo no se le pudo haber ocurrido un alias más genérico?
—Siempre se lo digo —respondió doña Petra, llevándose las manos a la cara.
—Por cierto —añadió la anciana—, esta jovencita quiere llegar a la Isla de los Invocadores. ¿Cómo te llamas, niña?
—Rebecca Viridis.
El Capitán Barba Plateada se cruzó de brazos y amplió la sonrisa.
—Entonces estás de suerte. Estamos a punto de zarpar. Sube y espérame en cubierta.
Rebecca se acercó a doña Petra.
—Gracias por todo.
—No fue nada. Esto hace parte del negocio.
Subió al barco. No era la única pasajera: la cubierta estaba habitada por un elenco variopinto que iba desde miembros de la tripulación con caras curtidas hasta individuos que irradiaban peligro sin hacer nada.
Una sombra pasó por encima de su cabeza y algo aterrizó frente a ella con un golpe seco.
—¿Cuál es la manía de la gente de por aquí de caer delante de los demás? —exclamó Rebecca.
Era una niña. Vestía camisa de poeta, chaleco tipo jubón, pantalones bombachos y botas de mosquetero, y la miraba con la seriedad evaluadora de alguien que lleva años juzgando a la gente.
—No pareces apta para las inclemencias del océano, mocosa —dijo la niña.
—Tú eres más joven que yo —respondió Rebecca.
—Presiento que acabarás siendo comida de tiburones —sentenció la niña, rodeándola despacio con las manos a la espalda, como un inspector.
¡¿No me escucha?!, gritaba Rebecca por dentro.
El Capitán Barba Plateada, que acababa de subir a bordo, observó la escena con evidente diversión.
—Veo que ya conociste a mi bisnieta —dijo, riendo entre dientes.
—Parece que la locura es de familia —murmuró Rebecca.
El capitán se plantó en el centro de la cubierta y levantó la voz. El sonido rebotó en las paredes de la caverna y llegó hasta cada rincón del barco.
—Bien. Como ya todos saben, nos dirigimos a la Isla de los Invocadores. Les mentiría si les dijera que el viaje será agradable. Muchos puede que no regresen con vida. Cada quien es responsable de sí mismo. Y ya que no se me ocurre qué más decir... hasta aquí lo dejo.
Tiene razón en lo de fondo, aunque le falte todo lo demás, pensó Rebecca.
El barco comenzó a moverse. Salió lentamente de la caverna, y la oscuridad fue cediendo ante una luz cada vez más intensa hasta que el sol de la tarde cayó de lleno sobre la cubierta, encandilando a todos los presentes. Las gaviotas levantaron el vuelo desde los salientes de roca y siguieron la embarcación en formación irregular, como si quisieran escoltarla.
El viento llegó de frente y retiró la capucha de Rebecca, liberando su cabellera verde, que relució bajo los rayos con un brillo casi irreal. La joven se apoyó en la borda, de cara al horizonte, y dejó que el aire le llenara los pulmones.
—Allá voy, Isla de los Invocadores —susurró.
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