Chapter 2:
VIRIDIS (español/spanish)
Capítulo II
Nueva amiga, viejo océano
Había transcurrido un día desde que el barco zarpó. El océano se tendía quieto en todas direcciones, y una brisa tibia cruzaba la cubierta sin prisa. En el comedor, el olor a café aguado y a pan recalentado no invitaba precisamente al optimismo.
Rebecca pinchó algo de color indefinido con el tenedor y lo observó con desconfianza.
—Estamos en medio del océano... la próxima vez intento pescar algo yo misma —murmuró, dejando caer el tenedor sobre el plato con un golpe sordo.
Frente a ella, Ciri llevaba un buen rato hablando sin pausas, con esa energía inagotable que Rebecca todavía no terminaba de entender. La niña gesticulaba, cambiaba de voz, señalaba cicatrices.
—...y así fue como me hice esta —dijo Ciri, señalando una marca en el antebrazo con visible orgullo—. Luchando contra una hidra. ¿Soy fantástica o no?
Rebecca, que había estado asintiendo de forma automática cada cierto tiempo, volvió a hacerlo.
—Sí, sí... claro. Estuviste fabulosa.
Ciri dio un salto en la silla, haciendo vibrar la mesa.
—¡Sí! Sabía que tú lo entenderías. No me equivoqué al elegirte como mi nueva amiga. Tengo muy buen ojo para esas cosas.
Rebecca parpadeó.
—Espera. ¿Dijiste nueva amiga?
—Sí, así es —contestó Ciri con la naturalidad de quien anuncia algo que lleva tiempo siendo evidente.
Rebecca agachó la vista hacia el plato. Una incomodidad cálida le subió por el cuello.
Ahora me siento mal por haberla ignorado, pensó.
✦ ✦ ✦
Subieron a cubierta. La tripulación se movía con una urgencia silenciosa que no necesitaba explicación: todos ajustaban cuerdas, cargaban armas, revisaban posiciones. Rebecca se dirigió a la proa y miró al frente.
En el horizonte, el cielo había dejado de ser cielo. Una masa de nubes negras lo tapaba todo, tan densa que parecía una pared.
—Nos acercamos a una tormenta —comentó Rebecca.
—No es cualquier tormenta —dijo Ciri, poniéndose a su lado—. Es el primer anillo de protección.
—¿Anillos de protección?
—La Isla de los Invocadores tiene tres. Lo que ves parece una tormenta, pero es solo una ilusión: está diseñada para que las embarcaciones den media vuelta y se alejen. Lo verdaderamente peligroso viene después.
Rebecca sintió que el estómago le daba un pequeño vuelco, aunque no de miedo.
—¿Y qué es lo que viene después?
Ciri sonrió con esa media sonrisa que Rebecca ya empezaba a reconocer como señal de que no iba a obtener respuesta directa.
—Ya lo verás. No quiero arruinarte la sorpresa.
Rebecca cerró el puño derecho y lo golpeó contra la palma izquierda.
—Con que las cosas se van a poner difíciles. No me importa; puedo lidiar con lo que sea.
—¡Esa es mi amiga! —exclamó Ciri.
✦ ✦ ✦
Al entrar en la zona de simulación, el espectáculo era tan extraño que costaba procesarlo: el cielo rugía con truenos y los relámpagos rasgaban las nubes de un extremo al otro, pero el agua permanecía en calma absoluta, lisa como un espejo. No había olas, no había viento. Solo ese ruido feroz venido de arriba mientras el barco avanzaba sin sacudirse.
—Wow —dijo Rebecca en voz baja.
La tripulación se había distribuido por toda la cubierta. Lanzas, espadas, escopetas, rifles: cada quien empuñaba lo suyo con la concentración de quien ya ha hecho esto antes. Varios pasajeros también se habían armado; otros, en cambio, bajaron a toda prisa hacia los dormitorios. Nadie los juzgó.
—¡Todos atentos! No quiero que nadie pierda la vida hoy —bramó Barba Plateada desde el timón.
El barco salió al otro lado de la ilusión. El sol volvió de golpe, tan intenso que encandilaba.
—¡No cierren los ojos! —gritó alguien.
Rebecca escudriñó el agua en todas direcciones, los músculos tensos, esperando.
No tuvo que esperar mucho.
Algo emergió del mar con un movimiento brusco y aterrizó sobre cubierta. Un hombre disparó su escopeta a quemarropa y la cabeza del ser reventó antes de que terminara de levantarse. El cuerpo se desplomó sobre la madera mojada, dejando un rastro oscuro.
—Ya están aquí —dijo Ciri, muy quieta.
—¿Qué es esa cosa? —preguntó Rebecca.
—Un inundado. Y donde hay uno, hay cientos.
Desde el fondo del agua llegaba un sonido que no se parecía a nada conocido: una especie de arrastre húmedo y rítmico que se multiplicaba, se acercaba, y ponía la piel de gallina. Luego vino el ataque.
Decenas de cuerpos grises saltaron al barco desde todos los flancos a la vez. El estallido de los disparos llenó el aire. Rebecca pateó a uno que se le lanzaba encima justo antes de que le alcanzara, y el impacto lo mandó de vuelta al agua.
A su lado, Ciri se movía con una precisión que no correspondía a su tamaño. Cada tajo era limpio, decidido, sin un movimiento de más.
Un inundado se acercaba a Ciri por la espalda mientras ella tenía los ojos puestos en los de enfrente. Rebecca no lo pensó: giró y lo derribó de un puñetazo antes de que llegara a un metro.
—Gracias, amiga —dijo Ciri sin voltearse, como si lo hubiera visto igualmente.
—Para eso estamos —respondió Rebecca, que notó con cierta sorpresa que estaba disfrutándolo.
Barba Plateada aceleró el barco al máximo. La proa golpeaba a los inundados que se interponían y los dispersaba como bolos, pero seguían llegando.
—¡Sosténganse! ¡Nadie cae al agua! —gritaba el viejo, con una carcajada que no encajaba del todo con la situación.
Rebecca vio que varios inundados se dirigían hacia las escaleras que bajaban al interior del barco. Se plantó en medio del paso.
—No van a entrar —dijo, y los fue derribando de uno en uno con la misma metódica eficiencia con que uno cierra ventanas antes de la lluvia.
Treinta minutos. El tiempo se volvió elástico entre el ruido de los disparos, el crujido de la madera y el olor a sangre salada. El agotamiento empezaba a notarse en todos: los movimientos se volvían más lentos, las respiraciones más entrecortadas.
Fue entonces cuando Rebecca escuchó un grito distinto.
Un inundado había clavado los dientes en el hombro de un tripulante. Los dientes eran serrados, como los de una sierra, y la herida que dejaron al soltarlo era profunda y limpia al mismo tiempo, de ese modo inquietante que tienen las heridas graves. El hombre cayó.
Rebecca llegó corriendo, pateó al monstruo con toda la fuerza que le quedaba y lo lanzó por encima de la borda. Luego se arrodilló junto al herido.
—¡Mi hombro! —gritaba él, con los ojos desorbitados.
—Cálmate. No voy a dejar que mueras.
La sangre era abundante. Rebecca presionó la herida con ambas manos mientras evaluaba lo que tenía disponible. Le rasgó la camiseta, hizo una tira improvisada y la anudó fuerte sobre el hombro. El hombre siguió quejándose, pero dejó de gritar.
Un ruido a su espalda. Rebecca lo vio de reojo: otro inundado se acercaba, con esa lentitud confiada de quien cree que tiene ventaja.
—¿No ves que estoy ocupada? —dijo Rebecca, y sin levantarse del todo se giró y le encajó un uppercut ascendente que lo envió volando hacia atrás.
Volvió al herido. Sus manos estaban cubiertas de sangre ajena. Un escalofrío le recorrió la espalda, breve pero real. Lo sacudió, y siguió trabajando.
Desde el timón, Barba Plateada observaba el panorama con el ceño fruncido. Algo en esta oleada no era normal: había demasiados, eran demasiado rápidos. Llamó a un marinero para que tomara el timón y salió de la cabina.
—Parece que de nuevo el viejo tiene que salvar el pellejo de los jóvenes —anunció, entre divertido y resignado.
Luego dijo, en voz más baja pero con una cadencia precisa, como quien recita algo aprendido hace mucho tiempo:
—Praedo maritimus.
En sus manos nació un aura roja. No era luz exactamente: era algo más denso, más antiguo, que palpitaba con una cadencia propia. El aura tomó forma: una pistola de chispa de otro siglo, con la empuñadura desgastada por el uso de muchos dueños. El viejo la apuntó al cielo y jaló el gatillo.
La bala salió roja. A mitad de trayectoria se fragmentó en cientos de proyectiles que se dispersaron en todas direcciones con la precisión de algo que no es casualidad. Cada uno encontró su blanco. Los inundados cayeron en silencio, uno tras otro, sin aspavientos.
Hubo un segundo de quietud absoluta.
Luego Ciri saltó.
—¡El viejo aún no ha perdido el toque! —gritó.
—¡Así se hace, capitán! —corearon varios desde cubierta.
Rebecca se quedó mirando al anciano con una expresión que no sabía muy bien cómo clasificar.
—Jamás hubiera imaginado que ese extraño viejo fuera capaz de algo así —admitió en voz baja.
✦ ✦ ✦
Cruzaron la zona de peligro. Los ataques fueron disminuyendo hasta cesar por completo, y el barco navegó de nuevo sobre aguas tranquilas.
Rebecca se dejó caer en cubierta con las piernas estiradas y los brazos abiertos, mirando el cielo. Le ardían los hombros, le pesaban las manos, y tenía la garganta tan seca que tragar resultaba incómodo.
—Hace mucho que no me ejercitaba tanto —dijo hacia ningún lugar en particular.
Ciri apareció sobre ella, mirándola desde arriba con las manos en las caderas y ninguna señal visible de cansancio.
—Eres muy fuerte, Rebecca. Al principio pensé que no durarías, pero estaba equivocada.
Rebecca la miró desde el suelo.
—¿Cómo haces para seguir así después de todo lo que pasó?
—Jajaja. Si estás tan cansada, deberías dormir. Mañana toca el tercer anillo, y ese es otro nivel. Recuerda: la tormenta simulada es el primero, los inundados el segundo, y el tercero... —hizo una pausa que Rebecca ya reconocía como teatral— todavía falta.
Rebecca dejó caer la cabeza hacia atrás y miró el cielo. Las nubes avanzaban lentas bajo un atardecer que teñía todo de rojo y naranja, ese tipo de luz que hace que el mundo parezca más viejo de lo que es.
Y entonces, sin buscarlo, vino el recuerdo.
Era pequeña. Tenía tierra en las rodillas y rasguños en los codos, y alguien le estaba diciendo algo mientras le acariciaba la cabeza con una mano grande y tranquila.
—De nada sirve esforzarse rebasando tus límites. Descansar y saber relajarse también es parte de hacerse fuerte.
—Rebecca. —La voz de Ciri la trajo de vuelta—. Llamando a tierra. Reacciona.
Rebecca parpadeó, se incorporó despacio y se puso de pie.
—Tienes razón —dijo, con una sonrisa tranquila—. Voy a dormir como una marmota. Pero antes necesito comer algo, o me voy a desmayar.
—En ese caso, cenemos juntas. Tengo una reserva secreta que sé que te va a gustar —anunció Ciri, frotándose las manos con una sonrisa de conspirador.
—No puede ser... ¿hamburguesas? ¿En medio del océano?
—Así es. Y como las comemos en el dormitorio, ningún envidioso podrá protestar.
✦ ✦ ✦
La cena fue la mejor parte del día.
Cuando cayó la noche, las dos estaban metidas en la litera de la pequeña cabina que compartían, con el barco moviéndose suavemente bajo el oleaje. El movimiento era constante, hipnótico, como mecerse muy despacio.
Rebecca se quedó dormida antes de que la cabeza le llegara a la almohada.
Ciri la observó un momento desde la litera de arriba, apoyada en el codo.
Está tan agotada que ni siquiera nota el movimiento, pensó. Y luego, casi sin querer: ¿Por qué querrá ir a la Isla de los Invocadores? Podría preguntárselo... aunque quizás eso sería demasiado invasivo.
Decidió no preguntar. Por ahora.
El barco siguió avanzando en silencio mientras la noche se cerraba sobre el océano.
✦ ✦ ✦
A la mañana siguiente, Rebecca abrió los ojos con la rarísima sensación de haber dormido exactamente lo suficiente.
—Qué bien dormí —dijo, y lo decía en serio.
La litera de arriba estaba vacía. Rebecca salió al pasillo, miró a ambos lados y no encontró a nadie, así que subió a cubierta.
—¡Buenos días! —saludó, y recibió una respuesta colectiva que recorrió el barco de proa a popa.
La brisa era fresca y el mar seguía tranquilo. Caminó hasta la proa y encontró a Ciri exactamente donde menos esperaba: parada en el extremo mismo de la embarcación, sobre la punta, con el mar a docenas de metros abajo y el equilibrio de quien lleva toda la vida haciéndolo.
—Con que aquí estabas. ¿Qué haces ahí?
—Solo disfruto del paisaje.
Rebecca decidió no insistir en el tema del peligro. Con Ciri, intuía, esa conversación no llevaría a ningún lado.
—¿Cuándo llegamos al tercer anillo? —preguntó.
Ciri se puso de cuclillas sobre la proa, sin inmutarse.
—El tercer anillo no es una amenaza... al menos no del mismo tipo que el segundo.
—¿Qué es, entonces?
La niña se quedó en silencio un instante, como si estuviera eligiendo las palabras con cuidado.
—Digamos que, en resumidas cuentas... el tercer anillo prueba a cada persona de una manera distinta.
Rebecca la miró, esperando más. Pero Ciri ya había vuelto a mirar el horizonte, con esa expresión de quien ha dicho exactamente lo que quería decir y no piensa añadir nada más.
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