Un Viaje al Pasado: Crónicas del Dragón.
Oscuridad.
Eso fue lo primero que conocí.
No había sonido.No había frío.No había dolor.
Solo una oscuridad inmensa que parecía extenderse hasta el infinito.
Y entonces…
Un latido.
Lento.
Profundo.
Constante.
Después otro.
Y otro.
Abrí los ojos.
La luz golpeó mi vista con tanta fuerza que tuve que cerrarlos de inmediato.Todo estaba borroso.
Sombras.
Movimiento.
Voces incomprensibles.
Mi respiración era pequeña y torpe, como si mi propio cuerpo todavía no entendiera cómo funcionar.
Parpadeé lentamente.
Lo primero que vi con claridad fue un techo blanco.
Simple.
Vacío.
Me quedé observándolo varios segundos.
No entendía qué era.
No entendía dónde estaba.
Pero entendía algo mucho más extraño.
Yo existía.
Y esa sensación… me aterraba.
Intenté mover mi brazo derecho.
Mi pequeño cuerpo apenas respondió.
Era pesado.
Débil.
Frágil.
Volví a intentarlo.
Esta vez conseguí mover los dedos.
Sentí algo raro recorrerme por dentro.
Curiosidad.
Intenté incorporarme, pero apenas pude girar un poco el cuerpo antes de perder el equilibrio.
Todo ocurrió rápido.
Mi cabeza pasó el borde de la cama.
Y caí.
El golpe no fue fuerte.
Solo seco.
Me quedé acostado sobre el suelo frío mirando hacia arriba.
No lloré.
No porque fuera valiente.
Simplemente… no entendía por qué debía hacerlo.
Escuché pasos apresurados acercándose.
—¡¿Qué pasó?!
Una mujer apareció frente a mí.
Tenía el cabello oscuro y los ojos cansados.
Sus manos temblaron un poco al levantarme.
—¡Dios mío…!
Me observó preocupado mientras revisaba mi cabeza y espalda.
Luego suspiró aliviada.
—Estás bien… estás bien…
Sus brazos eran cálidos.
Muy cálidos.
Y aunque no entendía quién era ella…
por alguna razón sentí seguridad.
Entonces otra voz apareció detrás.
—¿Se rompió?
Un niño pequeño miraba desde la puerta.
Cabello desordenado.
Cara somnolienta.
Ojos curiosos.
Mi hermano.
Dos años mayor que yo.
La mujer soltó una pequeña risa cansada.
—Claro que no se rompió.
El niño se acercó lentamente.
Me observó fijamente durante unos segundos.
—Da miedo.
Parpadeé.
Él también.
Luego salió corriendo.
La mujer suspiró otra vez.
—Tu hermano sí que es raro…
No sabía entonces lo gracioso que sería escuchar eso.
Porque el raro nunca fue él.
Fui yo.
Los días comenzaron a pasar.
Rápido.
Demasiado rápido.
Al principio apenas podía moverme.Después aprendí a sentarme.
Luego a gatear.
Y mientras mi cuerpo crecía…
mi mente observaba.
Todo.
Las voces de mis padres.El sonido de la televisión.La lluvia golpeando las ventanas por la noche.
Las discusiones silenciosas.
Las sonrisas falsas.
El cansancio escondido detrás de los ojos de mi padre.
Las veces que mi madre fingía estar bien.
No entendía completamente las emociones humanas.
Pero las notaba.
Como pequeñas grietas invisibles.
Y eso era extraño.
Muy extraño.
Porque incluso siendo un bebé…
sentía que comprendía demasiado.
> “Los humanos necesitan años para comprender el mundo.”
La voz apareció una noche.
Profunda.
Lejana.
Como un rugido escondido dentro de mi mente.
Abrí los ojos lentamente.
La habitación estaba oscura.
Mi hermano dormía en la otra cama.
La lluvia golpeaba la ventana.
Y aun así…
podía escuchar esa voz perfectamente.
> “Pero tú observas como alguien que ya conoció la vida.”
No tuve miedo.
Ni siquiera me sorprendí.
Simplemente escuché.
Porque, de alguna forma…
sentía que aquella voz había estado conmigo desde el principio.
> “Interesante…”
Miré alrededor.
No había nadie.
Solo oscuridad.
> “¿Puedes escucharme?”
Intenté hablar.
Pero mi boca apenas emitió sonidos torpes e incomprensibles.
La voz guardó silencio unos segundos.
Luego…
rió.
No era una risa humana.
Era pesada.
Antigua.
Triste.
> “Claro… aún eres demasiado pequeño.”
La presencia desapareció lentamente.
Pero desde esa noche…
supe que algo habitaba dentro de mí.
El tiempo siguió avanzando.
La infancia es extraña.
Un día apenas puedes sostenerte de pie.
Y al siguiente ya estás corriendo detrás de una pelota en el patio.
Recuerdo perfectamente el día en que aprendí a caminar.
Mi madre estaba sentada frente a mí con los brazos abiertos.
—Ven… poquito más…
Mi hermano estaba detrás riéndose.
—Se va a caer otra vez.
Lo ignoré.
Di un paso.
Después otro.
Y otro.
Mis piernas temblaban.
El suelo parecía moverse.
Pero seguí avanzando.
Hasta que finalmente llegué a los brazos de mi madre.
Ella sonrió feliz.
—¡Lo lograste!
No entendía por qué aquello la hacía tan feliz.
Solo había dado unos pasos.
Pero verla sonreír…
se sintió bien.
Mi padre llegaba tarde casi todos los días.
A veces olía a sudor.
Otras veces a tierra mojada.
Pero aun así siempre encontraba tiempo para jugar con nosotros.
Especialmente conmigo.
Quizás porque notaba que era diferente.
Aunque nunca dijo nada.
Una tarde llevó un balón al patio.
—A ver si el pequeño tiene talento.
Mi hermano levantó la mano emocionado.
—¡Yo primero!
Corrían de un lado a otro mientras yo observaba en silencio.
Entonces mi padre me acercó la pelota con el pie.
—Tu turno.
La miré unos segundos.
Luego pateé.
El balón salió disparado directamente hacia la maceta favorita de mi madre.
Se rompió.
Silencio.
Mi hermano soltó una carcajada.
Mi padre también empezó a reír.
Y segundos después incluso mi madre terminó riéndose mientras recogía los pedazos.
Yo los observé confundido.
¿Por qué reían?
La lógica decía que debían molestarse.
Había destruido algo importante.
Y aun así…
parecían felices.
Aquella fue una de las primeras veces que comprendí que los humanos no siempre reaccionaban de forma lógica.
Con el paso de los meses comencé a hablar.
Primero palabras sueltas.
Luego frases pequeñas.
Y después…
demasiadas preguntas.
—¿Por qué llueve?
—¿Por qué dormimos?
—¿Por qué envejecen las personas?
—¿Por qué la gente pelea?
Mis padres solían mirarse entre ellos antes de responder.
A veces parecían incómodos.
Otras veces simplemente cansados.
Mi hermano decía que hacía preguntas aburridas.
Tal vez tenía razón.
Pero mi mente nunca dejaba de pensar.
Nunca.
Recuerdo especialmente un viaje familiar.
Debía tener poco más de dos años.
Íbamos en un automóvil viejo mientras la lluvia golpeaba las ventanas.
Mi hermano dormía recargado sobre mi hombro.
Mi madre observaba el paisaje.
Y mi padre conducía en silencio.
Yo miraba el cielo.
Las nubes grises.
La inmensidad.
Y sentía algo raro dentro del pecho.
Nostalgia.
Como si estuviera viendo algo que ya conocía.
Entonces la voz volvió.
> “Las nubes de este mundo son pequeñas.”
Parpadeé lentamente.
> “En mi hogar cubrían continentes enteros.”
Miré el reflejo de la ventana.
Por un instante…
creí ver unos ojos dorados observándome.
Pero desaparecieron inmediatamente.
Cuando cumplí tres años ya podía leer palabras simples.
A los pocos meses empecé a leer libros completos.
Mis maestros pensaban que era impresionante.
Mis padres estaban orgullosos.
Mi hermano decía que era un monstruo raro.
Y honestamente…
quizás tenía razón.
Porque mientras otros niños jugaban…
yo observaba.
Mientras otros reían…
yo analizaba.
No era intencional.
Simplemente ocurría.
Todo el tiempo.
Una tarde mi hermano llegó llorando.
Era la primera vez que iba a la escuela.
Mi madre intentaba convencerlo de entrar mientras él la abrazaba con fuerza.
—¡No quiero ir!
—Solo serán unas horas.
—¡No quiero!
Yo observaba desde la puerta.
Confundido.
¿Por qué tenía miedo?
La escuela solo era un lugar lleno de personas.
Nada más.
Mi hermano siguió llorando mientras mi madre lo cargaba.
Entonces él me miró directamente.
—¡Todo es culpa tuya!
Parpadeé.
—¿Mía?
—¡Sí! ¡Porque tú nunca lloras!
Mi madre soltó una pequeña risa nerviosa.
Pero yo seguí pensando en esas palabras durante días.
Nunca lloraba.
Ni siquiera cuando me golpeaba.
Ni cuando me enfermaba.
Ni cuando me caía.
Simplemente…
no me nacía hacerlo.
Y eso comenzó a preocuparme.
Porque aunque todavía era pequeño…
sabía que algo dentro de mí no funcionaba igual que en los demás.
A veces despertaba durante la madrugada.
No por miedo.
Sino por sueños.
Sueños extraños.
Veía fuego.
Montañas enormes.
Sombras cubriendo el cielo.
Y escuchaba rugidos tan fuertes que hacían temblar el mundo entero.
Entonces despertaba sudando mientras mi corazón latía con fuerza.
Una noche decidí preguntarle a la voz.
—¿Qué son esos sueños?
El silencio duró varios segundos.
> “Recuerdos.”
—¿Míos?
La presencia dudó.
> “No.”
Eso fue todo.
No volvió a hablar el resto de la noche.
El tiempo siguió avanzando.
Mi cuerpo crecía.
Mi mente también.
Pero la distancia entre yo y los demás comenzaba a hacerse evidente.
Los otros niños gritaban.
Corrían.
Reían por cosas simples.
Yo lo intentaba.
De verdad lo intentaba.
Pero muchas veces me quedaba simplemente observándolos.
Como si estuviera viendo criaturas diferentes.
Y eso me hacía sentir culpable.
Porque sabía que debía ser como ellos.
Pero no podía.
Una tarde encontré a mi madre llorando sola en la cocina.
Se limpió las lágrimas rápidamente al verme.
—¿Qué pasó?
Ella sonrió.
Una sonrisa falsa.
—Nada.
La observé varios segundos.
—Eso no es verdad.
Su expresión cambió ligeramente.
Entonces caminó hacia mí y acarició mi cabeza.
—Eres demasiado inteligente para tu edad.
No respondí.
Porque en ese momento comprendí algo importante.
Los adultos mentían constantemente.
No siempre por maldad.
A veces simplemente porque estaban cansados.
Esa misma noche escuché nuevamente la voz.
> “Empiezas a notar las grietas.”
—¿Qué grietas?
> “El dolor humano.”
Me quedé mirando el techo.
—¿Por qué la gente vive triste?
El silencio volvió.
Largo.
Pesado.
Y finalmente…
> “Porque vivir significa perder cosas.”
Aquellas palabras quedaron grabadas en mi mente.
Incluso sin entenderlas completamente.
Con el tiempo empecé a entrenar mi cuerpo.
No porque alguien me obligara.
Simplemente sentía que debía hacerlo.
Corría.
Hacía flexiones torpemente.
Intentaba volverme más fuerte.
Mi hermano decía que estaba loco.
Mi padre solo reía mientras me ayudaba.
—Todavía eres muy pequeño para entrenar así.
Pero yo seguía.
Porque había algo dentro de mí…
algo antiguo…
que odiaba sentirse débil.
Una tarde mi hermano me preguntó algo inesperado.
Estábamos acostados mirando el cielo.
—Oye… ¿tú qué quieres ser cuando seas grande?
Pensé unos segundos.
No sabía.
Nunca lo había pensado realmente.
Entonces respondí lo primero que sentía.
—Alguien que arregle las cosas.
Mi hermano frunció el ceño.
—¿Qué cosas?
Miré el cielo gris.
La ciudad.
Las personas caminando.
Las discusiones.
Las noticias tristes en televisión.
Y aunque todavía era solo un niño…
sentía que el mundo entero estaba roto.
—Todo.
Mi hermano soltó una carcajada.
—Eso es imposible.
Quizás.
Pero en ese momento…
yo realmente quería hacerlo.
Y muy dentro de mí…
la voz del dragón guardó silencio.
Como si por primera vez…
estuviera observándome con atención.
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