Chapter 4:

El Clan de la Cosecha

AULA A OTRO MUNDO


Avanzaron durante horas. Takar caminaba con paso firme, ágil pese a su aspecto. El bosque cedía poco a poco a colinas verdes y campos de flores oscuras que parecían respirar bajo la brisa. Nadie hablaba demasiado. El peso de lo que habían descubierto seguía hundiendo los ánimos.

—¿Así que… estamos en otro mundo? —preguntó Nozomi, rompiendo el silencio. Su pregunta ya había sido respondida, pero una parte de ella aún necesitaba procesarlo del todo. O eso o el shock aún le duraba como al resto —¿Y cómo hemos llegado aquí? —inquirió a Takar —¿Alguien nos ha traído?

—Tal vez —dijo Takar —No es la primera vez que ocurre. Pero sí la primera vez que veo tantos Altior a la vez.

—¿Otros han llegado antes? —preguntó la profesora Hatanaka, que marchaba con gesto tenso.

—No muchos. Y no siempre sobreviven. Este mundo no es amable con los forasteros.

Un escalofrío recorrió al grupo.

—¿Y qué hay de ese templo? —intervino Satsuki —¿Sabes quién lo construyó?

—No exactamente. Pero hay ruinas parecidas por todo Galathea. Lugares donde las fronteras entre mundos se doblan, se abren… O se rompen. Detrás de esas fronteras hay historias. Sombras. Leyendas. Algunas ciertas. Otras... Es mejor olvidarlas.

Atsuko tragó saliva.

—¿Y tú por qué ibas allí?

—Soy rastreador. Buscaba huellas de los míos. Algunos desaparecieron hace semanas. A veces, esas ruinas... Absorben cosas. Y personas. A veces los devuelven, pero cambiados.

El grupo se detuvo siguiendo el paso del hombre-lagarto. La tensión se podía cortar.

Takar miró al horizonte, aprovechando la pausa. Unas formaciones rocosas como dedos de piedra rompían la línea del cielo a lo lejos.

—Iremos a mi hogar, el campamento de la Tribu de la Cosecha. Nuestra chamana puede ayudaros. Posee conocimiento antiguo, tal vez os diga por qué estáis aquí… Y quizás cómo volver.

—¿Y cuánto falta? —gruñó Goro, visiblemente cansado.

—Un día más. Tal vez dos.

De pronto, un zumbido lejano interrumpió el paisaje.

—¿Qué es eso? —dijo Kakeru.

Algo se movía a lo lejos. Sonaba a alas.

—Agachaos —ordenó Takar —¡Ahora!

Todos se lanzaron al suelo justo cuando una sombra cruzó el cielo. Era enorme. Un ave, o algo parecido, con el cuerpo alargado y membranas entre las alas. Un grito metálico llenó el aire. La criatura se quedó buscando el aira para luego alejarse y traer de vuelta el silencio.

—Se ha ido. Es seguro seguir.

—¿Qué demonios era eso? —susurró Jin.

—Un vigía del aire —respondió Takar —No ataca si no os ve. Pero si os marca otros vienen después. Depredadores. Ladrones. O cosas peores.

Satsuki se arrodilló junto a Kakeru.

—Ya no estamos en un mundo normal, ¿verdad?

Él negó con la cabeza.

—Y lo peor es que aún no sabemos si estamos en un sueño… O en una pesadilla.

///

Esa noche, la clase tuvo que hacer un esfuerzo para dormir al raso.

—Supongo que era mucho pedir que tuviera sacos de dormir... —masculló Goro.

—¿Para TODOS? —le recriminó Kakeru —¿Lo dices en serio?

—¿El tío lleva una cantimplora mágica pero no puede llevar también una tienda?

—Mi gente está acostumbrada a dormir al raso —inquirió Takar —Así ahorramos recursos. Lástima no dar con una cueva que nos ofrezca algo más de cobertura.

—¿No estaría habitada por el jabalí-oso de antes?

—Ah, os habéis topado con el Guardián del Bosque. Espero que no le hayáis dañado; es una criatura sagrada para nuestro pueblo.

—¿Que NOSOTROS no le hayamos dañado A ÉL? —dijo un ofendido Goro —¡Si casi nos aplasta!

—Seguramente nos haya considerado intrusos por aparecer de la nada en su territorio —comentó Yusuke —Los animales tienen sus propias normas.

—Muy cierto —comentó Takar.

—Hablando del tema —dijo Satsuki —¿Por qué llevabas esa poción contigo?

—Por si acaso encuentro a otras razas inteligentes con las que poder hablar. Así me ahorro problemas innecesarios; no es cuestión de ir azuzando el bosque innecesariamente cada vez que necesite algo de él o de sus habitantes. Ni de que otros lo hagan también. De esta forma puedo explicárselo de manera razonable. Nuestra gente tiene su propio idioma, igual que muchos miembros de la Tribu Feral. Vosotros nos llamáis Gentes-Bestia.

—Oh.

—Bueno, basta de preguntas —les dijo la profesora Hatanaka —Dejemos que atosigar al señor Takar con nuestras dudas y vámonos a dormir un poco. Mañana será otro día. Sé que estáis ansiosos, pero por favor dejadlo mejor para la chamana.

///

La clase finalmente alcanzó su destino tras dos días de marcha cansada y casi forzada. A su llegada, todos los miraron con curiosidad y precaución. Algunos escondían a sus crías en sus casetas.

—Estamos causando conmoción —dijo Kakeru.

—Mi gente no suele ver muchos Altior por aquí. Y los que vienen no son precisamente amistosos. No todos, al menos.

—Genial; somos invasores.

—¡Oye, Takar! —de pronto les cortó el paso otro Hombre-Lagarto de aspecto imponente —¿Qué significa esto? ¿Por qué has traído Altior a la tribu?

—¡Zharak, hermano! Me alegro de verte también.

—Menos zalamerías ¿Qué hacen estos aquí?

—Tranquilo, están perdidos. Me los encontré en las viejas ruinas del corazón del bosque.

—¿Qué? ¡Si ahí no vive nadie! Salvo...

—El Guardián, sí.

—¡No le habrán hecho algo al Guardián del Bosque!

—Como ya dije antes —saltó Goro —¡ÉL intentó matarnos!

—¡Sus motivos tendría!

—¿Y nosotros no? ¿Deberíamos dejar que nos matara sin más esa criatura cuando nos ataca en vez de luchar por nuestra supervivencia?

—Su vida es más valiosa que la de un puñado de Altior engreídos.

—¡Y la mía más valiosa que la de vuestra vaca sagrada, lagartija desproporcionada con cerebro de mosquito!

—¡¿Qué has dicho, maldito mocoso?!

—Vamos, vamos, vamos —Takar se interpuso entre su amigo y Goro, parando una inevitable pelea, mientras Jin hacía lo mismo con Goro, el cual pataleaba furioso —Zharak, el Guardián está perfectamente, sólo algo agitado por la aparición de desconocidos en su territorio. Y no deberías dejar que las palabras de unos cachorros Altior te afecten tanto. Calma, todo está bien.

—¡Todo NO está bien! ¡Estos Altior no pertenecer aquí!

—No sabes cuánta razón tienes... —masculló Goro.

—Estoy totalmente de acuerdo contigo —saltó Takar, interrumpiendo a Goro nuevamente —Por eso quiero que hablen con la chamana para que les dé instrucciones y así se pongan en marcha cuanto antes para volver con los suyos.

—¡¿Estás loco?! ¿Y si intentan matarla?

—No tienen armas, créeme; me he asegurado. Y tampoco saben hacer magia ¿De veras te crees que pondría a nuestra líder espiritual en peligro? ¿Yo, de todos los habitantes de esta tribu?

—¡Mph! Te estás aprovechando de que eres el nieto de la chamana.

—Sólo un minuto. Te lo prometo. Yo mismo acompañaré al que vaya a verla.

Zharak resopló inquieto y se dio media vuelta.

—¡Sólo uno!

—Si, sí.

Kakeru se acercó a Tarak.

—Oye, esa chamana…

—Es la guía espiritual del pueblo; ha sido bendecida con el don de los Antiguos, nuestros ancestros, que la guían y ayudan desde el Más Allá para aconsejarnos en tiempos de necesidad.

—Una especie de oráculo, vamos —dijo Yusuke.

—Algo así, sí. Cuando llegue la hora, mi hermana ocupará su puesto, pues sólo las mujeres pueden ser chamanas de nuestra tribu, pues sólo ellas pueden ser elegidas para adquirir la Visión.

—O sea, que las mujeres mandan aquí —comentó Atsuko con deje de satisfacción.

—¿Y por qué no deberían? Las mujeres son las que junto a los hombres dan a luz a los que serán los guerreros que cuiden la aldea, los recolectores que den de comer a nuestra gente, los exploradores que vigilen nuestro hogar... Se merecen todo el respeto y el amor de nuestro pueblo. Sé que no es lo mismo para vosotros, pero...

—Te sorprendería —dijo Masato —De dónde venimos, las mujeres pueden mandar tanto como los hombres. De una forma u otra.

—¡Oh! Es fascinante ver que algunas cosas no cambian ni siquiera en mundos más allá del nuestro.

Kakeru suspiró. Algo le decía que muchos considerarían esa expresión como algo digno de estudio detallado. En más de un aspecto.

—¿Vamos ya?

—¡Por supuesto! ¡Seguidme, por aquí!

El grupo caminó hasta una vieja cabaña en el centro de la aldea. Pronto notaron las miradas de muchos otros Hombres-Lagarto sobre ellos.

—¿Takar los lleva a ver a la chamana...?

—¿Estará bien? Son Altior...

—Si va con ellos supongo que no hay problema... Son unos cachorros también.

Las constantes miradas ponían nerviosos a los chicos.

—No pasa nada, no pasa nada —intentó tranquilizarles Takar sin mucho éxito —Vamos, ¿quién va?

—Iré yo —dijo la profesora Hatanaka —A fin de cuentas, soy la tutora. Esta clase es mi responsabilidad.

—Un momento, creo que sería mejor que fuera uno de los jóvenes.

—¿Y eso por qué?

—Porque un adulto es una cosa y un niño otra.

—¿Eh?

—Básicamente —intervino Yusuke —está diciendo que a la chamana le sería más fácil defenderse de un niño que de un adulto si sucede alguna sorpresa desagradable.

—La forma en la que lo expresas suena fatal, que conste —comentó Takar.

—¡Pero si no vamos a hacer nada!

—Usted lo sabe, yo lo sé y sus alumnos lo saben. Pero el resto del pueblo está algo más agitado. Considérelo una prueba de buena voluntad.

—¡No puedo dejar que uno de mis alumnos vaya en mi lugar!

—No le queda otra, me temo.

Todos se miraron entre ellos. Entonces Atsuko interviene.

—Oye, delegado; ve tú.

—¿Por qué yo?

—Porque después de sensei eres el siguiente en hacerse responsable. Venga, ve.

Qué forma más rara de pedir un favor, pensó Kakeru.

—Iré yo —dijo Satsuki —No tiene por qué hacerlo nadie más.

—¡No, Satsuki-neesama! ¡No podría permitir que te pasara nada!

¡Menuda diferencia de trato!

—¡Si no va el cobarde del delegado, entonces al menos...!

—¡Vale, vale, ha quedado claro! ¡Ya voy! Ya no se puede preguntar nada.

—Kakeru...

—¡He dicho que voy yo! ¡Fin de la discusión!

Sin más, se adentró en la cabaña mientras Takar retiraba la tela que servía de puerta.

—Mira que llega a ser desagradable… —comentó Atsuko.

El interior era oscuro, iluminado por una luz verdosa que emana de cristales incrustados en el techo. Huele a incienso acre y a hierbas secas.

—¿Eres tú uno de los viajeros de los otros cielos?

En el centro, sentada sobre una plataforma de ramas y telas bordadas, una anciana lagarta que casi parece más arrugas que otra cosa, sus escamas pálidas a la escasa luz que se cuela en la tienda y cubierta de colgantes abre lentamente sus ojos blancos como la leche. Su mirada es penetrante, como si viera más allá de la carne.

—Sí, señora.

La anciana clala.

—Yo y mis amigos venimos buscando un camino a casa... —continuó el joven humano —O al menos entender qué ha pasado con nosotros.

La chamana se levanta lentamente, cada uno de sus pasos resonando como si pesaran siglos.

—Esa clase de magia se perdió en el tiempo hace eones, cuando los dioses aún rondaban esta tierra. Me temo que no puedo ayudaros en eso, pero... Los elfos pueden tener más respuestas para vosotros.

Dioses, pensó un tenso Kakeru. En plural, en todo el sentido de la palabra. Eso no es preocupante para nada.

—Por lo que cuentan las historias más antiguas, sólo uno conoce ese misterio que mencionas; Liharil, Sabio entre Sabios, el elfo más anciano del mundo. Pronto alcanzará los mil años. Y seguramente morirá al poco después.

—Pero... Si me permitís...

—Te lo permito —dijo, haciendo un gesto con la mano.

—¿No sería él entonces quien nos hubiera traído aquí?

—Mmm... Improbable. A sabiendas de que se le acaba el tiempo, no parece tener sentido que malgaste su poder en llamar a viajeros de otros mundos. Pero cabe la posibilidad de que haya transmitido su saber a un heredero, no obstante. Liharil, sin ir más lejos, posee una amplia progenie.

No te fastidia, pensó Kakeru. Hasta yo también lo habría hecho si hubiera vivido tanto como él.

La chamana ríe secamente, divertida, aunque Kakeru está seguro de que no ha dicho lo que pensaba en voz alta. Eso era inquietante... Esperaba que la mujer-lagarto no pudiera leer mentes o algo parecido.

—Tendríais que preguntarle a él, pero si crees que el territorio de los humanos queda lejos, el de los elfos es casi imposible de cruzar; hace mucho que las rencillas entre ellos son insalvables.

Más problemas, fantástico.

—Bueno, nada en la vida es fácil, ¿verdad?

La mujer lagarto sonrió.

—Señora, una última cosa...

—Habla. Te escucho.

—En las viejas ruinas había un mural raro. Cuando lo toqué, cambió de aspecto y mostró una imagen distinta debajo de él.

La lagarta abrió los ojos como platos.

—¿Estás seguro?

—Totalmente. Mis amigos también lo vieron. Y Takar. Él puede testificar por nosotros.

De pronto la anciana guardó silencio un minuto.

—¿Señora?

—Debes partir. Cuanto antes. A dónde sea, da igual, pero debes partir. Tú y a tus amigos ¡Takar!

El mencionado entró a toda prisa.

—¿Si, chamana?

—Ve con los niños humanos. Guíalos hasta las afueras de nuestro territorio. Dadles recursos, ropas y maneras de llegar hasta la frontera. De ahí en adelante deberían poder llegar a Eldoria sin más complicaciones.

—¿Estáis...? ¿Estáis segura?

—¡Totalmente! ¡Venga, en marcha! ¡Moveos!

—¡Si, señora!

—Venga, ve. Busca a Liharil. Sigue la senda. Llega hasta el final.

///

Afuera esperaba el resto de la clase y Zharak con un puñado de seguidores.

—¿Qué ha pasado? —preguntó —Me pareció haber oído a la chamana llamar.

Takar, tan trastocado como Kakeru, se dedicó a suspirar.

—La chamana ordena que equipemos a los Altior y los acompañe hasta la frontera.

—¡¿Cómo?!

—Esas son sus palabras.

—¡¿Qué broma es esta?! —se gira a Kakeru y lo apunta con su maza —¡¿Qué clase de triquiñuela has montado, mocoso?!

—¡Yo no he hecho nada!

—Zharak, cálmate —interviene Takar de nuevo —Ya sabes cómo es la chamana. Seguro habrá tenido una visión. Y por tanto tenemos que callar y obedecer sus órdenes.

—¿Ayudando a estos...? ¿Estos...?

—¿"Estos" qué, figura? —saltó Goro —Venga, termina esa frase.

—¡Descamados! ¡Eso es lo que sois!

—¡Ja! Si en serio crees que eso me ofende...

—¡Basta ya, Zharak! —interviene Takar, esta vez más asertivo y severo que antes —¡Soy el nieto de la chamana y tu chamana ha dado órdenes! Puedes obedecerlas o discutirlo con ella —señala a la tienda —Eso si crees que merece la pena discutir cosas tan triviales con nuestra señora

Zharak finalmente enfunda su maza y se da media vuelta.

—¡Equípalos tú entonces! ¡Yo me niego a darles más tiempo del que ya han gastado entre nosotros!

Y dicho esto se fue.

—En fin —se gira a los demás guerreros —Id a hacer los preparativos.

Estos asienten.

—¡Toma ya! —saltó Goro —¡Qué potra! Esto nos facilitará mucho las cosas.

De nada, por cierto, pensó Kakeru.

—Takar, ¿quiénes son los Augures?

Takar quedó patidifuso.

—¿Los...? ¿Quién te habló de ellos?

—La chamana.

—Por la Gran Escama...

—¿Quiénes son, Takar?

—Una raza de semigigantes ya exista que se decía podían ver el flujo del tiempo; el pasado, el presente... Y el futuro ¿Por qué te habló de ellos?

—Pues... Encontré un mural suyo en las ruinas donde nos encontraste.

—¡¿Eso es lo que era?! Tanto tiempo oyendo las historias... ¡Pensaba que eran mitos! Todo cobra mucho más sentido ahora.

—¿A qué te refieres?

—Sus murales eran la forma en la que grababan sus visiones. Todos están repartidos en distintas partes del continente, escondidos de manera muy metódica y cuidadosa para que sean encontrados por quienes deben encontrarlos a su debido momento. Y si es el caso, entonces no hay duda; has empezado un camino que ellos vieron. Y está escrito que lo seguirás.

—¿Hasta dónde?

—Eso es lo de menos; los Augures ya saben dónde. Darás con ellos porque así lo han previsto.

PB0387
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