Chapter 5:
AULA A OTRO MUNDO
A la mañana siguiente, el poblado entero parecía un hormiguero. Guerreros, recolectores y jóvenes ayudantes iban y venían entre cabañas, reuniendo lo que los Altior necesitarían para su viaje. Alimentos secos, ropas reforzadas, brújulas rústicas talladas en hueso y hasta un mapa de piel de criatura que, según Takar, mostraba el camino más seguro hasta las fronteras del dominio élfico.
—¿Esto es todo lo que tenéis? —preguntó Goro, levantando una daga de piedra— ¿Ni una espada mágica o algo que brille, al menos?
—Si quieres brillo, puedes colgarte una luciérnaga del cinturón —gruñó Zharak desde una distancia prudente, sin mirarlos directamente.
—¡Qué humor tiene la lagartija! —susurró Goro a Masato, que intentó no reír.
Mientras tanto, Kakeru repasaba mentalmente lo que había oído la noche anterior. Los Augures. Liharil. Murales proféticos. Todo le sonaba a una gran historia de fantasía... salvo que esta vez él era parte de ella.
—¿Estás bien, delegado? —preguntó Satsuki mientras le alcanzaba una cantimplora.
—Supongo. Solo... intento procesarlo todo. No soy el único, ¿no?
—Claro que no. Pero eres el que más lo disimula —le sonrió con dulzura—. Por eso, los demás confían tanto en ti.
Kakeru quiso responder sobre sus dudas acerca de la confianza, pero fue interrumpido por Takar.
—Hora de partir. Caminaremos hasta la Garganta de Nual antes del anochecer. Es la última frontera antes del camino élfico. Desde allí, estaréis por vuestra cuenta.
—¿No vienes con nosotros? —preguntó Yusuke.
—Las órdenes fueron claras. Hasta la frontera. Los míos no pueden acercarse más a Eldaria sin despertar sospechas... o provocar una guerra.
Goro bufó, pero no discutió. Por una vez.
El grupo partió al amanecer, entre las miradas de decenas de Hombres-Lagarto. Algunas eran de sospecha, otras de temor. Pero entre todas, también había una que Kakeru no se esperaba: esperanza. Un niño pequeño, escondido tras su madre, le ofreció una piedra pulida, atada con una cuerda de musgo.
—Para que encuentres tu hogar —le dijo con voz baja.
Kakeru no supo qué decir, solo la aceptó y asintió. Esa imagen se le quedó grabada mientras la jungla los tragaba de nuevo.
El viaje fue duro. Aunque contaban con provisiones, el terreno era traicionero. El calor era aplastante, y cada paso era una lucha contra raíces ocultas, insectos del tamaño de sus puños y un silencio casi sobrenatural cuando no hablaban.
—¿Por qué está tan callado el bosque? —preguntó Atsuko una tarde, cuando ya se acercaban a las primeras colinas.
—Porque algo los ha hecho callar —respondió Takar, con la mirada tensa—. Estamos cerca de la Garganta. Hay cosas que prefieren que no las escuchen.
Nadie preguntó más.
Esa noche acamparon al borde de la Garganta de Nual.
Era un desfiladero de piedra oscura que se abría como una herida profunda en la tierra. Una antigua pasarela colgante, hecha de lianas y madera petrificada, lo cruzaba.
—Eso nos lleva al viejo camino de los elfos —explicó Takar—. Antaño, comerciantes de muchas razas pasaban por aquí. Pero ahora solo los necios o los desesperados lo usan.
—Nosotros debemos ser los dos —comentó Yusuke.
Takar rio, pero su expresión era grave.
—Más allá de este puente, no puedo seguir. Lo que os espera en Eldaria no es asunto de mi gente. Pero os advierto algo: los elfos no son como yo. Ni como vosotros. Son antiguos. Arrogantes. Algunos os recibirán con cortesía. Otros... con acero. Y en ese mundo, la cortesía puede ser aún más peligrosa que el filo de una hoja.
—¿Algún consejo más? —preguntó Hatanaka-sensei, que había mantenido un silencio respetuoso hasta entonces.
Takar se detuvo un momento. Luego sacó una bolsita de cuero y se la dio a Kakeru.
—Semillas de luz. Plántalas si la oscuridad se cierra demasiado. Y recuerda, delegado... no todas las puertas necesitan ser forzadas. Algunas, solo esperan a ser encontradas.
Kakeru asintió. No sabía exactamente lo que quería decir, pero intuía que tarde o temprano lo sabría.
El grupo cruzó el puente con cautela. Cada paso parecía resonar en lo profundo de la garganta. Una vez al otro lado, se giraron para despedirse.
Takar levantó una mano en alto. Sonreía, pero sus ojos eran tristes.
—Buena suerte, Altior. Que los Antiguos os guíen.
Y sin decir más, desapareció entre los árboles.
Esa noche acamparon junto a un arroyo frío. La luna bañaba el claro con una luz plateada. Kakeru no podía dormir. Se sentó junto al fuego, jugando con la piedra del niño lagarto en la mano.
—¿Crees que encontraremos a ese elfo? —preguntó Masato, que también se había despertado.
—No lo sé. Pero sí sé algo.
—¿Qué?
Kakeru miró la piedra, luego al cielo.
—Esto ya no es una excursión. Es una misión.
Y en su interior, algo empezó a cambiar. Como si una brújula invisible hubiera girado. Como si, por primera vez desde que llegaron a Galathea, supiera hacia dónde caminar.
///
El camino a Eldoria estaba cada vez más cerca y las dudas e incertidumbres aumentaban. Todos parecían ansiosos por encontrar respuestas. O un lugar cómodo donde pasar la noche. O todo a la vez.
—¿Qué es ese montón de chatarra que no dejas de mirar, delegado? —preguntó Goro.
—No es chatarra. Me lo regaló uno de los niños del pueblo de Hombres-Lagarto.
—Pues a mí me parece basura.
—Pues vale.
—¿Ahora vas con basura colgando del cuello?
—Te llevo cargando a tí desde que empezamos este día, ¿no?
Todos rieron ante la ingeniosa respuesta de Kakeru.
—¡Callaos! ¡Ahora verás, graciosillo!
Goro se abalanzó sobre Kakeru, forcejeando por hacerse con el colgante.
—¿Qué haces? ¡Para!
—¡Dame eso!
—¡Búscate uno propio! ¡Vale ya!
Entonces Goro le propinó un fuerte puñetazo que le hizo caer de espaldas y le arrancó el colgante, el cual lanzó entre unos arbustos.
—¡Kakeru! —saltó la profesora —¡Hiroaki, eres un animal! ¡Le has hecho daño!
—¿A quién le importa?
Sin prestar atención a nadie, Kakeru se levantó y fue en busca del colgante.
—¡Eso es, venga! ¡Busca, Fido!
Masato y Nozomi rieron a carcajada batiente. Al rato volvió Kakeru, cubierto en barro pero con el colgante.
—Si eres tan bueno buscando, la próxima vez deberíamos mandarte a buscar trufas o algo así. Como un cerdito.
—Hiroaki, ya está bien...
Pero de pronto Kakeru le propinó un fuerte puñetazo a Goro que hizo que cayera de espaldas como él, logrando aumentar el peso de sus golpes agarrando fuertemente la piedra del colgante. Todos se quedaron sin palabras.
—¿A alguien más le hace gracia? —preguntó Kakeru al resto de la clase.
Nadie respondió. Solo se escuchaba el crepitar del fuego y la respiración agitada de Goro, tirado en el suelo, con la mano en la mandíbula y la mirada perdida entre la sorpresa y la rabia.
—¡Si serás…! —farfulló Goro, incorporándose con torpeza— ¡Te voy a reventar!
—Hazlo —dijo Kakeru, sin moverse— Pero no me pienso quedar callado ni dejar que me humilles por puro capricho.
Goro dio un paso hacia él, pero se detuvo. No por miedo. Ni por culpa. Sino porque, por primera vez, Kakeru no retrocedía. Había algo distinto en sus ojos. Algo decidido. Algo que ni siquiera Goro lograba nombrar.
—Idiotas —masculló, dándose la vuelta— No tengo por qué aguantaros.
Se alejó de todos, cruzando el claro hasta sentarse en una piedra al borde del campamento, de espaldas. No volvió a hablar en toda la noche.
Masato y Nozomi, antes entre risas, intercambiaron miradas incómodas. Satsuki se acercó lentamente a Kakeru.
—No tenías que pegarle...
—¿Lo dices en serio? Lo difícil es NO pegarle.
—Pero ahora te ganarás la animadversión de los demás.
—Cómo si eso fuera algo nuevo...
—Tampoco es que te culpe —le espetó, apoyando una mano en su hombro— Nadie se merece que lo traten así.
—No me importa el golpe —murmuró —Me importa que esto —alzó el colgante, aún sucio —Es parte de por qué lo he hecho: si empezamos a burlarnos de todo lo que no entendemos, vamos a terminar perdidos de verdad.
La profesora Hatanaka se aproximó, seria.
—No tolero la violencia entre alumnos, Kakeru. Pero sé lo que has aguantado. A veces, defenderse no es lo mismo que atacar.
Él asintió. No pidió disculpas. No las recibió. Solo se sentó junto al fuego, aún con el colgante en la mano, como si de verdad fuera una brújula hacia algo mucho más grande.
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