Chapter 6:

Baches en el camino

AULA A OTRO MUNDO


El grupo improvisó un pequeño campamento en un claro. Algunas mochilas abiertas, agua compartida, y trozos de tela extendidos en el suelo.

—Me temo que nos hemos perdido —comentó Kenta.

—Muchas gracias, capitán obvio —le dijo Goro.

—¿Cómo es posible? Nos dieron brújulas, mapas, métodos para orientarnos.

—Está claro que no es precisamente nuestro fuerte.

—Nos va a costar llegar hasta la ciudad más próxima, ¿verdad?

—Al menos no estamos en un campo abierto —le espetó Yusuke—; ahí estaríamos mucho más expuestos.

Akane se acerca a Kenta.

—¿Todo bien?

—Sí… Solo estaba pensando… En los dibujos del mural. Algunos parecen personas. Pero otros no lo son. Y encima son de varias eras diferentes, todos entremezclados. Me pregunto si significa algo.

—Nada de eso importa si no encontramos comida pronto. A este paso se nos acabarán las provisiones antes de lo esperado.

—Tal vez haya algo que cazar— sugiere nervioso Masato.

—¿Desde cuándo sabes cazar?

—Desde nunca, pero Otonashi sabe. Me contó que solía cazar con su abuelo y con su padre después de él.

Goro arquea una ceja y se gira a Yumi.

—¿Tú hablas?

Ella le atraviesa con una mirada gélida. Luego le dirige un gruñido.

—Tal vez contigo no —comentó Jin, provocando las risas de algunos y más protestas por parte del matón.

—Dividámonos y busquemos, pero con cuidado —intervino la profesora —Nadie va solo y nadie se separa más de un radio de vista. Estamos mejor, pero no seguros. No hace falta que consigáis carne, pero si podéis pescar algo, estaría bien. Ojo con las plantas; no conocemos la fauna local ni sabemos si algo que parezca comestible pueda hacernos daño.

—Yo buscaré hacia la zona norte —aseguró Goro —Kakeru, vienes conmigo.

—¿Por qué yo?

—Porque yo lo digo.

—No me da la gana; tú no mandas sobre mí. Aquí el delegado soy yo, ¿recuerdas? A lo sumo, sensei manda más que yo. Pero tú no.

—Lo que tú digas. Obedece y cállate.

Pero Kakeru se mantuvo en sus trece.

—Este no es el instituto y no tengo por qué soportarte.

—Chicos... —masculló Atsuko —Qué inmaduros.

—¡Basta los dos! —interviene Akane —Goro, si quieres ir al norte está bien, pero no tienes derecho a decidir por los demás.

Goro suelta una maldición entre dientes, frustrado.

—Claro, como el bebecito es tan práctico...

—¿Cómo dices?

—¡Que hagas algo para variar! ¡Algo ÚTIL, pringado!

—¡Claro, porque lidiar con tus chorradas 24 horas al día o soportar las críticas de esta clase no es suficiente! ¡Si tantas ganas tienes de ir al norte, ve! ¡Pero yo no pienso seguirte la corriente, imbécil!

Kakeru se marcha bruscamente en la dirección opuesta.

—¡Kakeru, espera! —salta la profesora —¡No vayas solo!

Él ni respondió ni se detuvo, sólo siguió caminando sin mirar atrás ni una vez.

—Voy con él —aseguró Yumi —Por si acaso.

Akane suspiró, resignada, mientras ve a sus alumnos alejarse.

—¿Satsuki y yo podemos revisar hacia el oeste? —preguntó Atsuko, agarrando del brazo a la mencionada.

—Oye, Atsuko...

—Yo me quedaré controlando el campamento —dijo Maki —Soy más útil aquí. Además, no se me da bien rastrear ni nada por el estilo; estaría en medio.

—De acuerdo. Kenta, Masato, venid conmigo. Iremos hacia el este. El resto, quedaos aquí con él.

Kakeru caminó con pasos firmes entre la maleza, los puños cerrados y el ceño fruncido. No miraba hacia atrás, aunque sabía que Yumi estaba cerca. Ella, más cautelosa, va pisando con cuidado, pendiente de cualquier ruido o movimiento.

—¿Estás bien? —le preguntó ella.

—Si.

—No lo parece. Goro no debería hablarte así...

—Estoy acostumbrado. Da igual. Que se estrelle solo si quiere. Yo no le debo nada.

Un silencio tenso los envuelve unos pasos más. Luego, Yumi habla con suavidad.

—No es por él. Es por ti. No puedes ir solo por ahí. No sabemos qué hay en este mundo. Y después de lo de anoche...

Kakeru se detiene al fin. Suspira y se pasa una mano por el rostro.

—Lo sé. Lo sé. Solo... Necesito alejarme un momento. No puedo estar rodeado de todos todo el tiempo. Me asfixia.

—A veces parece que quieres cargar con todo tú solo. Pero no tienes que hacerlo.

—No lo entiendes; es que TENGO que hacerlo. Siempre he de hacerlo yo o nadie lo hará y luego todos me culparán A MÍ. Todos hacen caso a Satsuki o a la profe, pero a mí nadie me tiene en consideración.

—Eso no...

Se gira a mirarla directamente a los ojos.

—Dime que no es cierto. Venga.

Yumi lo observa, sin poder responder. Calla. Kakeru asiente con ironía.

—Exacto. Pero no puedes saberlo porque nadie me conoce. Y nadie me conoce porque no le importo a nadie.

Yumi baja un poco la mirada, dolida, pero aún sin palabras. Kakeru suspira, frustrado, desviando la vista. Su postura se encoge apenas: ya no está enfadado, sino agotado.

—Mira... Solo hagamos esto y volvamos, ¿vale? No tenemos por qué lidiar con nuestros problemas de autoestima. Y menos ahora. Hay cosas más importantes que atender.

Un silencio breve. Luego, sin esperar respuesta, sigue caminando. Yumi lo observa por un instante y luego lo alcanza, caminando a su lado, en silencio. La tensión no se ha resuelto, pero la compañía se mantiene.

Poco a poco, el bosque empieza a abrirse. Se ve un claro, restos de estructuras antiguas cubiertas por la vegetación.

///

Poco a poco, el bosque empezaba a abrirse. Se vio un claro, restos de estructuras antiguas cubiertas por la vegetación.

Kakeru se detuvo en seco.

—Mira eso…

—¿Qué es este sitio? —murmuró Yumi, acercándose con cautela.

El claro estaba cubierto por una calma pesada. Ruinas de piedra —algunas erosionadas hasta parecer simples rocas— formaban lo que antaño pudo haber sido un santuario o un puesto de vigía. Algunas paredes parcialmente en pie todavía mostraban grabados gastados, formas curvas y geométricas que no correspondían a ningún estilo arquitectónico moderno.

Kakeru se inclinó para observar uno de los símbolos más cercanos.

—Esto no parece humano… —musitó.

—¿Tal vez elfo? —añadió Yumi—. U… Otra cosa.

Entre las piedras cubiertas de musgo y raíces, sobresalía una figura apenas distinguible: un bajorrelieve con una figura alada, pero con un rostro sin rasgos, como una máscara en blanco. A su alrededor, una sucesión de puntos grabados formaba una especie de constelación.

—¿Estás pensando lo mismo que yo? —preguntó Kakeru.

—Que tal vez haya más por aquí que simples animales y ruinas… Sí. Lo estoy.

Un leve crujido los alertó. Algo —o alguien— había pisado una rama no muy lejos.

Ambos se agazaparon entre las piedras, instintivamente.

Kakeru entrecerró los ojos, escudriñando el bosque.

—No estamos solos.

Silencio.

Luego, un segundo crujido. Más cerca.

Yumi se llevó un dedo a los labios.

Nada surgió de entre los árboles. Ni criatura ni persona. Solo el susurro del viento y, de fondo, el latido rápido de sus propios corazones.

—¿Volvemos? —sugirió ella en voz baja.

Kakeru asintió sin decir nada. Se dieron la vuelta y comenzaron a desandar el camino con pasos apresurados pero cuidadosos, sin correr. Las ruinas quedaban atrás, cubiertas de misterio. Y, aunque no lo dijeran en voz alta, los dos sabían que volverían.

PB0387
Author: